Martes 25 de Julio de 2017 - 21:41hs. - República Argentina Edición # 1748

Revista #18 Mayo 2008 > Politica Nacional

La creación de lo propio

Luego de 100 días de conflicto aparece para el gobierno nacional un quiebre de cara a lo que viene. Construir la fuerza propia de sustento, establecer un canal con sectores de clase media y profundizar la política de distribución para hacer de la crisis una oportunidad.


Por Esteban Concia

Una primera reflexión necesaria que podemos hacer luego ya de varios meses de conflicto abierto es analizar y caracterizar las partes en pugna, qué hay de un lado y qué del otro; cuáles son las características de lo que se conoce como “kirchnerismo” y cuáles las que con una excelente precisión un grupo de intelectuales definió como “nueva derecha”.

La prolija disimulación sobre cierta “quietud” o “tranquilidad” de la sociedad argentina escondía que diversos sectores estaban preparándose para un escenario de pelea, de disputa, abierto y claro.

El conflicto puso en evidencia, en escena, tensiones provenientes de lo más profundo de nuestra sociedad y de su historia; y esas tensiones tienen dos caras de la misma moneda, son disputas por la riqueza y son a la vez disputas socioculturales. Con nuevas características que la hacen difícil de asociar con períodos como los que ocurrieron hace más de tres décadas;  es insoslayable que representan un escenario donde se discute la política. La política en su sentido de proyección, en su sentido más amplio, de modelo de país.

En la Argentina de nuestros días se instaló, como hacía mucho no ocurría, la discusión política con mayúsculas. La cultura neoliberal trabajó para dejar la política en el baúl de la historia, menoscabándola hasta transformarla en una realidad de show mediático. Todo lo público era negativo y lo único valedero era la acción de mercado, el slogan por excelencia. Entonces la política se gerencia, se administra, se achica porque el mercado hace el resto.

Los únicos líderes políticos aceptados eran los que estaban en la tele y las estrategias de marketing y publicidad reemplazaron a la militancia y a los espacios colectivos de acción.

Diciembre de 2001 es el corte con esa ilusión, proceso que tiene como desenlace la asunción de Néstor Kirchner,  que a partir del 25 de Mayo de 2003 institucionaliza la bronca contenida y rompe la tradición del posibilismo y la quietud de la acción política diciendo “no vengo a dejar mis ideales afuera de la Casa Rosada”.  

La nueva derecha argentina es la confluencia económica y cultural del resabio de la década del ´90. Saben bien, como nadie, que ese modelo ya no se puede relatar,  ya no se puede decir. Para esto necesita ganar algunos términos que nunca les fueron propios y juntarse con actores que pueden llegar a tener cierto pasado progresista. Es ésta, de alguna manera,  la virtud que hoy tienen o que buscan: construir algún consenso con sectores medios, no presentarse públicamente con los intereses de la concentración económica que efectivamente representan.  

Ahora bien, qué hay para anteponerle a esa nueva derecha; una disputa que se da en el sentido, que se da en la construcción del discurso, una disputa dinámica, abierta y de final incierto.  

Por un lado, una gran variedad del arco político oficialista  es incapaz de salirse de esa lógica gerencial que tuvo la política en los ’90.  No debate, no moviliza, sólo es una maquinaria electoral de gran porte y, en el mejor de los casos, alguna capacidad de gestión y/o administración publica.

Maquinaria electoral que se demuestra incapaz de actuar entre elección y elección, o lo que es peor, en muchos casos se asume con un programa (en este caso la boleta de Cristina Fernández de Kirchner) y después se declara y se gobierna con la postura contraria.

El conflicto mostró conduciendo  a sectores con menos trayectoria y prácticamente nula acumulación electoral, y a infinidad de funcionarios, operadores, sin saber para donde arrancar.  

La asunción de Néstor Kirchner en el Partido Justicialista facilita claramente romper esa lógica que de todas maneras está instalada y pareciera difícil de quebrar en cada distrito.

Por otro lado, los movimientos sociales carecen de una articulación política y discursiva que los ponga en lugar de discusión por fuera de la arenga y la movilización.

A su vez los gremios en su mayoría se encuentran recién recuperados luego de que volvieran a subir en nuestro país los índices de ocupación. Ocupados en sobrevivir, no hay una agenda clara de formación de cuadros y de discusión que les permita pasar a ser actores protagonistas.

Finalmente, los sectores populares en su conjunto no obtienen una visualización del proyecto kirchnerista como aquél que logró, mediante una batería de políticas públicas, recomponer su situación y sacarlo de la marginalidad. No se vincula o se lo hace poco a las  mejoras obtenidas en lo laboral, en lo social, con la gestión de gobierno.

Todas estas coordenadas marcan que lo que hay para parar a la nueva derecha es poco. Las razones son varias y obligan a modificarlas en el corto plazo para revertir lo que parece haberse perdido.

Para esto es nuevamente imprescindible generar una red política, social y cultural que recupere la iniciativa y salga a actuar de manera coordinada para ganar nuevamente el consenso en torno a un proyecto que es nacional, es democrático, y es para las mayorías.

Aún sin cristalizar, la nueva coalición de sustento al gobierno nacional distará mucho de lo que hasta aquí se conoció. Sin militancia activa, sin organización propia y no prestada, los días parecen estar contados.

A la vez, recuperar algún canal hacia la clase media también parece imprescindible, ya que si bien muchos sectores de la misma están identificados con el programa liberal que esbozan entre otros la Coalición Cívica y el macrismo, hay otro sector que reconoce en el programa de gobierno una mejora sustancial en sus condiciones de vida y que además no desea volver a políticas de los ´90.

Desarrollar una estrategia comunicacional propia de la cual aún se carece y se paga caro. Si la pelea es por el sentido, es clave desarrollar con claridad qué significa el proyecto nacional, retomar la iniciativa y el diálogo entre gobierno y sociedad. Para esto no alcanza aliar a determinados medios u ofrecer alguna ventaja a cambio de minutos en el aire. Es necesario, al igual que en la construcción política, sumar fuerza propia coordinada y sistematizada.

De estas dos tareas centrales, la acumulación de fuerza política propia y de la capacidad para comunicar lo que significa el proyecto nacional interpelando nuevamente a la población, dependerá primero la supervivencia de este momento de tensión y el consecuente fortalecimiento de una oportunidad nacional y regional que, como pocas veces, parece tan favorable a los intereses de las mayorías.

 

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