Lunes 21 de Agosto de 2017 - 14:38hs. - República Argentina Edición # 1774

Revista #35 Febrero 2010 > Politica Nacional

Los nuevos desafíos

Han pasado ya treinta y cuatro años desde el golpe cívico-militar contra el gobierno de Isabel Perón. Cuarenta y cuatro y cincuenta y cinco años nos separan, respectivamente, de sus dos principales antecedentes, los derrocamientos de Arturo Illia y de Juan Perón.


Pueblo y Fuerzas Armadas en el Bicentenario

Por Néstor M. Gorojovsky

Medio país no ha vivido bajo ningún régimen cívico-militar. Esto tiene una consecuencia demográfica: la mitad de los argentinos nació y vivió toda su vida bajo regímenes constitucionales; un 11% adicional nació y se crió bajo el régimen del 76, otro 11% soportó los golpes de Onganía y de Videla, y un 11% más debió sufrir todo el ciclo de regímenes antinacionales de hegemonía militar iniciado en 1955.
Dicho sea de otro modo, para la mayoría de los argentinos (y la totalidad de las nuevas generaciones) el ciclo de dictaduras cívico-militares, antinacionales, proimperialistas, entreguistas y oligárquicas se va hundiendo irremediablemente en un pasado cada vez más brumoso. Sólo se accede a él por la memoria familiar, la instrucción en el sistema educativo o, entre la militancia, por los recuerdos de los compañeros de gremio o partido. Hay por supuesto mucho escrito sobre el tema, pero son pocos los argentinos que acceden a esa producción, que están interesados en hacerlo, o incluso que saben que existe.
Esto es problemático, porque esos regímenes han determinado (¡y cómo!) el presente en que vive esa mayoría. Si bien esa experiencia está más viva de lo que parece, no lo está para metabolizar el pasado. Más bien, da la impresión de que muchos están decididos a impedirle tener la muerte que, como toda cosa viva, merece tener. Cada vez que alguien (a partir de 2003, generalmente desde el Gobierno nacional) propone revertir las consecuencias nefastas de ese ciclo fatal de intervenciones armadas antiargentinas surge el epíteto de “setentista”. Y el debate se empantana, cristaliza y seguimos en cero.

Del moralismo a la acción

Porque la respuesta automática a ese intento es la glorificación ética, unilateral y acrítica de cuanto hicieron las víctimas físicas de lo que se ha dado en llamar “terrorismo de Estado”. Esto, por supuesto, es en gran medida más que comprensible. Y es justo. Pero coloca el debate sobre un falso eje, abstracto, que no alcanza para que la nueva Argentina, tan determinada por los sucesos de ese difícil pasado reciente, termine de entender la cuestión concreta que se debatía entonces.
En esa contraposición mecánica, en lugar de incorporar a la vida el legado de las generaciones pasadas, sometemos el presente a esa herencia mal discutida. No sólo la “teoría de los dos demonios”, patéticamente castrada por su formalismo inhumano, cumple este papel. Hay muchos otros modos, menos obvios y por ello más efectivos aún, de llegar al mismo objetivo.
Si queremos liberar a las generaciones nuevas del peso de las generaciones muertas, es necesario superar definitivamente un planteo que, en el fondo, muchas veces se licúa en una mítica batalla entre “buenos” y “malos” donde las cualidades o defectos morales que cada autor atribuye a cada grupo social o político “explican” lo que, en realidad, fueron opciones objetivas, consecuencia de contradicciones muy concretas de diversas clases sociales. La mitad del país que ha nacido y crecido después de 1983 espera que superemos la etapa de reivindicación moral de las víctimas de los regímenes cívico-militares que durante casi medio siglo sirvieron al interés de los enemigos de la patria y del pueblo argentino. Necesitamos entender, con objetividad, qué contenido histórico y social tuvieron esos combates.

Objetividad e imparcialidad

No se trata de “librarse de anteojeras”, de asestarnos la puñalada trapera de “desideologizar” el debate sobre los tiempos más “ideologizados” de nuestro siglo XX. Ya que no toda apelación a lo objetivo frente a la hipersensibilidad de lo emocional esconde un interés espurio. No se trata, en suma, de ser “imparcial”.
Toda comprensión es parcial, y tiene que serlo. Pero una cosa es la parcialidad sustentada en una evaluación ponderada de los hechos en los que hemos sido protagonistas, y otra la que parte de la unilateralidad sangrante de quienes colocan sus pérdidas más personales en el centro del análisis. Porque esto, digámoslo con claridad, vale para los deudos de cualquier bando, y en este terreno no hay modo de superar las contradicciones, devenidas antinomias fijas.
Que eso le interese a la ultraderecha vernácula, es comprensible. Que le interese a quienes se reivindican defensores de los miles de militantes populares asesinados entre 1955 y 2001 es, cuando menos, intrigante.

La defensa nacional y el velo sobre el pasado

Uno de los aspectos más oscurecidos por esa visión moralista de la historia reciente de los argentinos es el del papel y función de las Fuerzas Armadas, su relación con el conjunto de la Nación y la cuestión general de la defensa nacional.
Así como hay nuevas generaciones que jamás han soportado una dictadura cívico-militar antiargentina, hay también nuevas generaciones militares que jamás la han ejercido, y que han sufrido en carne propia las consecuencias de haberlo hecho. Estas consecuencias fueron múltiples.
En menos de quince años, las FFAA omnipotentes de 1980 fueron reducidas a una triste milicia que, en lugar de defender a la Nación (aunque más no sea a una versión deformada, colonizada y antipopular de la “Nación”, como fue la que inspiró a los golpistas del 55) manchaban sus manos y armas en aventuras coloniales ajenas. Al mismo tiempo, como es lógico, eran incapaces de responder (y mucho menos prevenir) las consecuencias en territorio argentino de algunas de esas aventuras (como los atentados de la Embajada de Israel y la AMIA, inseparables del ingreso de la Argentina bajo Carlos Menem a la Santa Alianza antiiraquí lanzada por George Bush padre).
El servicio militar, en esas FFAA, fue degradándose de ejercicio de un deber cívico (el de la defensa de la Patria) a un sistema cada vez más centrado en la servidumbre personal del soldado a una oficialidad devenida en casta. El caso Carrasco cerró este círculo abierto el 16 de septiembre. A partir de ese momento, se cumple el sueño de tanto “demócrata” ingenuo, de esos que piensan que si no hay Fuerzas Armadas se terminan los golpes de Estado. La confusión entre las herramientas del poder económico y social y ese poder mismo llega entonces a su culminación.

Cerrar un ciclo y abrir otro

Esas FFAA ya no existen más. Quedan, por supuesto, bolsones de nostálgicos del pasado inmediato. Pero no son comando ni mayoría. La “pasividad” política de las FFAA, lejos de ser hoy consecuencia de una política de aplastamiento por parte del “poder civil” (¡como si pudiera existir un “poder civil” desprendido de la ultima ratio regum, como rezaba en el escudo de Luis XIV aludiendo a los cañones!), es una negativa fundada y activa a sostener regímenes como los que las llevaron a la casi inexistencia bajo la apariencia de conferirles la suma del poder público.
Los argentinos tenemos que pensar una nueva política hacia las FFAA. El siglo XXI se presenta amenazador y peligroso. Es absurdo suponer que algún designio particular nos coloca fuera de la mira de grandes potencias más hambrientas de recursos que nunca. Sin FFAA, esos recursos están disponibles para cualquiera, y en este plano deberíamos aprender de las FFAA brasileñas, que institucionalmente parecen haber entendido mejor que nosotros la gran lección de Malvinas: que no hay alianza posible con los países imperialistas, y que por lo tanto la defensa nacional tiene que orientarse hacia la confrontación a mediano o largo plazo con esos mismos países que los mandos gorilas posteriores al 55 consideraban “aliados”.
Pero para ello, también hay que terminar con la división entre “asuntos de civiles” y “asuntos de soldados”. Esa concepción es medieval, y nuestra historia moderna se inicia con una lucha de emancipación que entronca, hasta en los uniformes, con la Revolución Francesa y la transformación de las FFAA en pueblo en armas.

Los usos de la defensa nacional en el año del Bicentenario

La defensa nacional es un asunto demasiado serio para reservárselo a los especialistas. Esto equivale a quitarla de las manos del pueblo soberano. Y esto es grave, porque la consideración de la defensa nacional siempre introduce la política en cualquier consideración.
En particular es, como lo demuestra en primer lugar la historia de los mismísimos EEUU, la escollera implacable que derrota toda argumentación neoliberal, libremercadista, anuladora de la nación en nombre de una “libertad” que se reduce, en definitiva, a la libertad del lobo en el rebaño. Tras largas décadas de recolonización, donde las FFAA argentinas fueron utilizadas para implantar a sangre y fuego el sometimiento nacional y la regresión económica en nombre de esa mentida “libertad”, a partir de 2010 los argentinos tenemos por delante una ardua tarea: asegurar otra vez nuestra soberanía económica, política y social en el territorio continental americano, y hacer valer nuestros derechos en los territorios ocupados o cuestionados. Mientras ese objetivo no forme parte de las preocupaciones del poder y de las masas, con tanta potencia al menos como el de respetar los derechos humanos, seguiremos a merced de poderes extranjeros y ajenos a nuestros intereses.
Repensar las FFAA, entonces, y en particular la relación entre FFAA y pueblo. Enterrar el mito de que todo uniformado es enemigo de los oprimidos. Terminar con la idea de que el militar tiene que estar rindiendo permanente examen de “demócrata”. No hay democracia real en un país colonizado, y la lucha contra el coloniaje empieza, por definición, como lucha por la defensa nacional.
Esto lleva a reconsiderar incluso el viejo “deber” de armarse en defensa del país. La realidad cruda del mundo contemporáneo nos demuestra, en todos los horizontes hacia los que dirijamos la vista, que ese “deber” se ha convertido en derecho democrático irrenunciable, el de resistir la intervención imperialista, y vencerla. Esto sólo se logra por medio de la movilización omnicomprensiva de una defensa nacional que sólo empieza en la unidad militar, pero que se extiende, inabarcable y final, hasta el último rincón del más humilde de los hogares. Es lo que se llama, en jerga belicista, “guerra de cuarta generación”.
El papel de las FFAA, integradas al conjunto de la ciudadanía del cual fueron desgajadas por largas décadas, no se limita solamente a estas cuestiones. Por su propia estructura y necesidades, deben transformarse en uno de los ejes de nuestra reconversión técnico-científica, y la defensa nacional debería ser una de las consideraciones primarias en cualquier proyecto de reindustrialización. Y no podemos olvidar que, para los estratos más olvidados de nuestra población, el servicio militar llegó a ser el sitio donde conocieron una ducha por primera vez. ¿Estamos hoy tan lejos de esa experiencia colectiva como para mirarla por encima del hombro?
Esos excluidos son el enlace vívido de la Argentina con América Latina, las víctimas propiciatorias de la balcanización y del enfeudamiento a las castas antinacionales que se autodefinen como “establishment”. Frente al poder de ese establishment, las relaciones de fuerzas en el mundo moderno hacen que, en el plano militar, la unidad americana se convierta en una imposición de los hechos. Solo FFAA integradas a una fuerza sudamericana conjunta nos permitirán recuperar nuestra plena soberanía y también nuestros territorios australes. En esta verdad elemental está, en el fondo, el secreto de nuestro futuro ser. Y, como siempre ha sucedido en nuestra historia, mientras FFAA y masas populares transiten andariveles paralelos (no ya enfrentados) no podremos tener la patria justa, libre, soberana y latinoamericana por la que lucharon los héroes de la Emancipación. Y que hoy es el mandato histórico del Bicentenario.
 

COMENTARIOS (3)

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