Lunes 24 de Julio de 2017 - 23:45hs. - República Argentina Edición # 1747

Revista #18 Mayo 2008 > Politica Nacional

OTRA VEZ UN GAUCHITO


Por Rufino Almeida

Hace treinta años mi compañera y yo permanecíamos cautivos en el campo de concentración conocido como “el Banco”  sometidos junto a otros más de trescientos luchadores populares al horror de las  torturas y la muerte.
Nuestros gritos eran acallados con otros gritos, los del mundial 78.

El símbolo del Campeonato destinado a ocultar las consecuencias devastadoras del proyecto liberal impuesto por el terrorismo de Estado era entonces la figura de un gauchito con cara feliz y rebenque en mano. 

Rememoraba la argentinidad y la tradición oligárquica que siempre impulsó la alineación con los planes imperiales para Latinoamérica y que de manera consecuente aplaudió a los dictadores en la arena de la Sociedad Rural, junto a las otras entidades.

La consigna  que enarbolaba el gauchito en cuestión era “los argentinos somos derechos y humanos”, con la cual la dictadura militar y el proceso de reconstrucción nacional avalado por los intereses financieros y agro exportadores pretendían defender su democracia y su patria de las organizaciones de trabajadores que avanzaban con banderas de justicia y liberación. Por el contrario, se desarrollaba en Latinoamérica la contra revolución liberal más sangrienta y profunda de la historia de la región.

Buscaba reconstruir las relaciones económicas de división internacional del trabajo de las primeras décadas del siglo 20 por las cuales nuestros países serían sólo proveedores de recursos básicos y capital a costa de la explotación de la tierra y de la miseria de los pueblos.

Esta asociación secular de los intereses del capital internacional con las clases dominantes latinoamericanas fue enfrentada en los 40 - 50 por procesos nacionalistas y populares, y desde entonces el plan imperial debió recurrir una y otra vez a la violencia de invasiones salvajes y de golpes de Estado perpetrados por las propias fuerzas armadas nativas puestas al servicio del capital  multinacional y la conducción de EEUU y Europa.

De esta manera, en la Argentina se derrocó al gobierno de Juan Perón que estableció un  proyecto propio de desarrollo industrial, de protección de los recursos nacionales en manos del sistema público estatal y de justicia social para los trabajadores. Entonces las riquezas de la tierra eran canalizadas por el Estado Nacional y redistribuidas en el progreso de la industria y la sociedad con el marco político institucional de una nueva Constitución  que sintetizaba el proyecto de nación unida al resto de América Latina.

El “campo patronal” debió resignar su poder oligárquico ante el gobierno popular y los trabajadores rurales tuvieron su Estatuto del Peón que hacía justicia a miles de luchadores muertos y perseguidos en los años de libre comercio del orgullosamente llamado “granero del mundo”.

Veinte  años más tarde ante la reconstrucción y avance de las fuerzas populares tras una prolongada Resistencia Peronista y de organización de la clase trabajadora con las banderas de la lucha por la justicia social y la independencia económica, en 1976, aquel nuevo golpe militar establecería las bases del proyecto liberal global en el marco de la estrategia del Consenso de Washington y la dirección del Comando Sur Norteamericano con el Plan Cóndor  para Latinoamérica.

Debía construir en la región el poder suficiente para recomponer el modelo económico imperial y la concepción liberal de la sociedad de clases. Primero destruir por la fuerza toda forma de resistencia democrática y organización popular; luego reimplantar los principios de la apropiación individual y la libre empresa por sobre los principios nacionales de soberanía, de solidaridad y justicia social, de sentido de bienestar público y de gobierno democrático popular. Todo esto en pos de implantar un sistema de acumulación concentrada de la riqueza generada por el trabajo, de extracción y transferencia sin control de recursos con el soporte de una cultura de competencia e individualismo garante indispensable de la anomia social y la corrupción política.

Hoy otro gauchito, con pretendida imagen de trabajador y haciéndose el zonzo fue construido por las empresas multimedia Clarín y América como símbolo de esa república democrática liberal que parecía debilitarse frente a un proceso de reconstrucción del Proyecto Nacional y Latinoamericano encabezado en Argentina por Nestor y Cristina Kirchner. Esta vez su rebenque nos golpea cortando rutas, desabasteciendo, y cuestionando la representación del gobierno democrático. Defendiendo los intereses del empresariado del campo aliado nuevamente a los intereses del modelo global de extracción de recursos, este pretendido gaucho federal “autoconvocado”, por una junta de cuatro dirigentes patronales, simboliza los lienamientos de la cadena global de commodities alimentarios  y  energéticos del  imperio para el siglo 21.

Los fracasos de EEUU en Medio Oriente y las sucesivas derrotas al golpe de Estado en Caracas, del ALCA, de la extensión regional del Plan Colombia, de la militarización de Amazonia y el Acuífero Guaraní ante un conjunto de pueblos unidos por sus gobiernos democráticos han replanteado las políticas para nuestro hemisferio.

La inteligencia norteamericana y el Departamento de Estado lanzaron una decisiva ofensiva de desestabilización de los gobiernos de Evo Morales y Cristina Kirchner, mientras reimplantan a la IV flota en amenaza de América Latina.

En ambos países la estrategia se sustenta en operaciones políticas y económicas sobre las contradicciones de los sectores medios acomodados a las estructuras construidas en los noventa, mediante la agitación mediática y la exacerbación conductista del miedo por vía de la manipulación del delito y la propaganda antipolítica.

En la Argentina el conflicto “del campo” es un manual de operación económica, inteligencia política e instalación mediática. Los sectores medios al frente, el poder real en las sombras. La batalla es en los medios de comunicación (ante la ausencia de cuadros válidos de la oposición; el grupo Clarín ha puesto todas sus espadas en la TV y las radios: Blanck, Van der Kooy,  Morales Solá, han debido sumar a las editoriales escritas el combate en las pantallas).

Como en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Brasil, son los sectores sociales medios y altos de la sociedad los que vuelven a encarnar los valores de apropiación de la riqueza arrogándose como Mercado el poder de decisión del sentido, de la forma y  de la cantidad de reasignación de la riqueza generada sobre la explotación de los recursos nacionales y el trabajo popular.

Vuelven a desconocer el sistema democrático y la voluntad de las mayorías arrogándose la representación de todo “el campo”, de todo el pueblo, de la Nación, de la democracia, pretendiendo traducir los intereses individuales y sectoriales como las necesidades y deseos del conjunto de la sociedad.
Sólo la penetración profunda de la revolución cultural liberal desatada en los años noventa puede explicar el fenómeno de estos grupos sociales minoritarios aliándose nuevamente con quienes sometieron a todo el pueblo y destruyeron la economía y la soberanía de la Nación.

Es la matriz  lógica de la apropiación individual y de los intereses de clases tributarias de proyectos de quienes son más poderosos que ellos, sólo por la expectativa de ser cada día más ricos a pesar de los recursos naturales y de los más débiles. Pero sobre todo a pesar de su propia historia que indica que su alianza con las estrategias globales de EEUU y Europa para América latina, siempre los tuvieron como socios en la oportunidad, como súbditos sanguinarios y avaros en la pelea contra sus connacionales y finalmente como víctimas a la hora de recoger los beneficios y cambiar de objetivos.

Estas castas renegadas de su origen nacional y latinoamericano, siempre ajenas a las necesidades del resto del pueblo son históricamente el sustento social de los golpes de Estado y la aceptación de invasiones culturales, cuando no económicas y hasta político militares. Aún los que provienen de sectores más intelectuales y declarados progresistas terminan abrazando los principios más liberales y construyendo las alianzas más espurias y antipopulares,  enemigas de los trabajadores y los pobres a la hora de las definiciones en la construcción de un Proyecto Nacional, Popular y Latinoamericano.

Basta ver dónde estuvieron en cada golpe y leer en sus discursos su bagaje ideológico gorila, antinacional, racista y de clase resentida por su propia identificación ilusionada con un poder que a la postre no les pertenece ni pertenecerá.

Este conflicto del “campo” muestra que construir condiciones para su satisfacción es un imposible. Siempre habrá un gesto, una actitud firme, o hasta una extensión en el peinado que justificarán su reacción destemplada.  La ambición capitalista es un fin en sí misma.

La experiencia histórica y la memoria resignifican a los que viven de su trabajo como columna vertebral, principal y legítimo sustento nacional capaz  de mantener sentido amplio, democrático y revolucionario a la hora de construir la fuerza del Proyecto Nacional y Latinoamericano que nos libere y establezca una cultura de justicia social y bienestar para todos como artífice de la paz para nuestros pueblos.

Esta vez la violencia y los gritos de este gaucho globalizado, en América Latina, no pasarán.
 
 

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