Miércoles 29 de Marzo de 2017 - 04:15hs. - República Argentina Edición # 1629

Revista #44 Noviembre 2010 > Politica Nacional

Por la alameda de la Patria Grande

“Alameda” es una palabra que tengo en la cabeza en estos días, que me hace rememorar el último discurso de Salvador Allende previo al golpe de Estado en Chile, y ahora también al de Néstor Kirchner. Esto me lleva a una reflexión, importante para aquellos que hemos aprendido a valorar la democracia, uno de los grandes legados de este nuevo prócer de América Latina.


Hace unos 15 años, en nuestras tertulias de resistencia, más precisamente en un plenario de AUCA, nuestra organización política a mediados de los noventa, apareció el nombre de Salvador Allende. 

 
En el debate, como una iluminación, llegamos a la conclusión de que el modelo chileno era el modelo de América Latina. La llegada de un líder populista abría un camino revolucionario. Ahí nos terminó de caer la ficha del peronismo en su total magnitud, más allá de las reformas y los derechos conquistados. 
 
La democracia en América Latina, en tanto plena, sin proscripciones, era revolucionaria en sí misma, porque el enemigo así lo consideraba. ¿Qué sentido tenía estar más a la izquierda de este tipo de gobiernos, si la reacción furibunda siempre los consideraría revolucionarios? 
Desde ese momento comenzamos a plantear la aparición de un proceso similar, en la construcción de lo que llamábamos por entonces “un gobierno de los de abajo”, consigna que levantamos principalmente luego de 2001 como salida a la crisis. 
 
Para los que nos formamos en los noventa en el odio a los partidos, o mejor dicho, en el odio hacia el partido único del ajuste neoliberal represor de aquel PJ  - ¿y esta misma UCR? -, no encontramos otra opción que resistir.
 
Y la resistencia nos marchitaba los cerebros, no nos permitía soñar, nuestra existencia se justificaba en el hecho de enfrentarse cara a cara con el enemigo, impedir que siguiese su plan de ajuste contra el pueblo, que privatizara lo poco que quedaba sin privatizar.
 
Nuestras capacidades estaban limitadas a buscar estrategias de combate, precarias, contra el Estado, por ese entonces restringido a ser el brazo armado del gobierno de las patronales y el FMI.
 
Kirchner nos sacó las piedras de los bolsillos, los palos de la mano y la gomera de las mochilas, pero por sobre todo, nos sacó el odio de la cabeza. Por eso creo que este proyecto ha sido una revolución del amor, que nos permitió proyectar, soñar e imaginar otro futuro.
 
Y miren que éramos fieros de domar. A Kirchner lo recibimos con un acampe de tres días en Plaza de Mayo. Lo desactivó un compañero que en ese tiempo nos interpretó y nos comenzó a hacer reflexionar, como es Rafael Follonier, otra de las espadas que actualmente tiene la unidad de América Latina y promotor, entre otras cosas, de un programa maravilloso como es “Patria Grande”, que le otorgó derechos a miles de inmigrantes latinoamericanos. 
 
Kirchner nos permitió también recuperar la bandera y el himno, que los militares nos habían robado. Para gran parte de nosotros, principalmente los jóvenes, los símbolos patrios estaban asociados a los que continuaron con el legado cultural de la dictadura. Además, porque los símbolos patrios estaban vinculados con el enfrentamiento entre pueblos hermanos, con el patrioterismo de la derecha, y nosotros estábamos en contra de las fronteras; por ese entonces, en la década del ‘90 y en gran parte de esta, cualquier estallido en América Latina era nuestro estallido. ¿Y a que no saben quién vino para derribar esas fronteras y promover la unidad? 
Los humildes, los trabajadores, pedimos esto, un “gobierno de los de abajo”, porque no comemos de las inversiones extranjeras, generalmente especulativas, ni del derrame, ni el concierto de naciones nos va a dar un techo para heredar a nuestros hijos. Nos lo va a dar el trabajo digno, la movilidad ascendente, y un concierto de naciones latinoamericano que suene a pueblo y no a expoliación de organismos de crédito internacionales y potencias hegemónicas.
 
Cuando murió Kirchner pensé en Cristina, en ese ejemplo tan grande de amor que no pudieron difamar, aunque lo intentaron, los comerciantes informadores y los políticos de comité. 
Y en seguida pensé en mis hijos, porque ante el impacto, se me vinieron a la cabeza esas imágenes de luchar por nada, para impedir que nos quitaran derechos y no para profundizarlos. 
 
Ya no quiero saber nada con la lucha heroica de resistir. El ejemplo ahora es el de Néstor Kirchner, el de la política por esos medios, y no por otros, el de dejar la vida por un país mejor, algo que se construye todos los días, con avances y retrocesos, pero con un horizonte en común. 
 
Es bueno pensar que las nuevas generaciones no se formarán en el odio de tener que combatir a una fuerza siempre superior y que no duda en matarte con las balas o con la falta de derechos sociales.
 
También pensé en todos los compañeros que conocí en este tiempo. Kirchner permitió darme cuenta de que en este país hay mucha más gente buena de la que creía. Tantos compañeros que me permitieron conocer sus luchas, desde la resistencia peronista hasta las nuevas generaciones nacidas en la democracia.
 
De igual modo pensé en esos compañeros con los que luchamos en la resistencia al neoliberalismo, y que, como los llamó Kirchner en su último discurso, se quedan en la “banalidad subjetiva” de querer estar siempre iluminando al pueblo desde posiciones desorbitadas. Para ellos siempre están las puertas abiertas del proyecto nacional y popular, para seguir luchando por todas esas mismas injusticias que seguirán estando mientras vivamos en una sociedad de clases tan desigual como la nuestra.
Y aunque todavía cuesta caer en que Néstor ya no estará entre nosotros, también pensé en la oposición, que son los que más pierden. Porque murió el hombre, pero nació el mito. Nosotros tenemos un referente para la posteridad, que se fue antes de tiempo por razones biológicas insalvables, mientras ellos son unos muertos vivos, unos zombies de la política, carroñeros. 
 
Allende profetizó que “mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor". Néstor Kirchner fue uno de los grandes hombres de esta América que ayudó a abrir esas alamedas. En su último discurso en General Lamadrid, antes de invitar a comer "choripanes argentinos y revolucionarios" pidió que "nos tomemos de la mano” para que “avancemos por las alamedas de la Patria y construyamos un país para todos los argentinos".
 
Hay un viejo chiste sobre dos montoneros que refleja ese incondicional respeto hacia la estrategia del líder, pero por sobre todo la negación de una verdad insalvable y evidente: un militante le dice al otro luego de ser expulsados de la plaza por Perón “qué grande la estrategia del General”.
Yo quiero, para finalizar, decirles a ustedes que la muerte fue parte de su estrategia, su última jugada maestra, porque logró que millones nos hagamos cargo de este proyecto, que la oposición se disperse como las pulgas, y que Cristina termine de emerger como esa gran mujer militante que llevará junto al pueblo el nombre de Néstor Kirchner a modo de bandera hacia la victoria.

COMENTARIOS (3)

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rxvWBQvcE2

I'm out of league here. Too much brain power on dialysp!

yRSDKptA

It's wodnefrul to have you on our side, haha!

ioLisBZevtvLgl

At last, smeoone comes up with the "right" answer!

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