Viernes 28 de Abril de 2017 - 20:48hs. - República Argentina Edición # 1659

Revista #60 Abril 2014 > Politica Nacional

FIN DE CICLO


Por Federico Martelli

"Fin de ciclo” parece la muletilla elegida por el establishment para pretender instalar la idea de que a partir del 10 de diciembre de 2015 se termina el modelo.

Ellos sueñan con una elección en la que los principales candidatos sean garantes del proyecto neoliberal. Así lo ratificaron en el documento que días atrás firmaron 30 asociaciones empresarias entre las que se encuentran la Asociación Empresaria Argentina, IDEA, la Mesa de Enlace, la Asociación de Bancos Extranjeros en la Argentina, la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas, las “multis” estadounidenses de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos, los inversores de Chile y Brasil, la Bolsa de Comercio y varios dirigentes de la cúpula de la Unión Industrial (UIA), como sus vicepresidentes Luis Betnaza y Cristiano Rattazzi.

En el mismo, los empresarios no ocultan ni disfrazan el meollo de la cuestión y pidieron la no intervención del Estado en la economía y la desarticulación del modelo de crecimiento con inclusión social. Pero aunque aparentemente el documento iba dirigido al gobierno, en realidad el mensaje claro fue para los precandidatos a presidente que recibieron de las centrales patronales el nudo de sus plataformas electorales.

Tras el lanzamiento del Frente Amplio UNEN, el diputado de la UCR Oscar Aguad lo explicitó en una entrevista radial con Marcelo Longobardi, en la que refiriéndose a la ausencia de oradores en el acto, señaló que “Se habló por el documento que leyó Brandoni, y si usted ese documento lo une con lo que dijeron las centrales empresarias, ahí tiene un programa de gobierno”.

Sin lugar a dudas, el Frente Renovador y el Pro expresan más o menos las mismas posiciones y este parecido los ha llevado a un enfrentamiento absurdo para ver cuál el más servicial y atento con el Grupo Clarín, La Nación, el Grupo Vila y los satélites que reproducen la línea hegemónica.

Este optimismo tiene razón de ser. Nadie puede dejar de tener en cuenta que los gobiernos populares han sido en nuestra historia islas en medio del gran océano de tiempo antipopular y, también, todos saben que tras once años de gobierno enfrentamos un serio desgaste producto de no haber resuelto dos problemas centrales del desarrollo nacional.

No pudimos reorganizar jurídicamente el país ni pudimos desarrollar la industria estratégica nacional. Cada militante, intelectual, dirigente o funcionario tendrá su propio punto de vista sobre cuáles fueron los obstáculos para desarrollar tan fundamentales tareas.

Nadie puede pasar por alto las condiciones al momento de asumir. El propio Néstor lo resumió de manera dramática en el primer acto de Plaza de Mayo, el 25 de mayo de 2006: “Nos tocó hace tres años asumir la responsabilidad de la conducción de la Argentina siendo el presidente menos votado de la historia, porque al que tenía que haber ido en segunda vuelta lo único que le importaba era su destino y no dar la batalla democrática o cuidar el país y nos dejó, nos dejó con el país en llamas en nuestras manos”.

“Teníamos 60 por ciento de pobreza, 26 por ciento de desocupación, casi 30 por ciento de indigencia, nuestros hermanos estaban con los brazos caídos, parecía que la Argentina se derrumbaba, pero con la fuerza del pueblo, con la fuerza de la gente honesta y decente de esta Patria, con la gente que nunca se resignó a que este país se derrumbe, empezamos la reconstrucción”.

“Estábamos acosados por deudas, estábamos acosados por sectores del privilegio que no querían dar un sólo paso atrás, estábamos acosados por aquellos que decían que primero había que pagarle a los bancos antes que a la gente; estábamos acosados por aquellos que querían hacer lo que ciertos grupos económicos querían hacer en la Argentina y decían que la Argentina no era viable si no se satisfacían los intereses de esos grupos”

Esas condiciones iniciales parieron una frase que Néstor dijo ese día y luego se transformaría en una muletilla para graficar la dinámica de su mandato: “El día que me tocó asumir era segundo a segundo, hoy es minuto a minuto, pero sé que con ustedes vamos a poder”.

Es imposible no preguntarse si en algún momento en estos 11 años conquistamos cierta hegemonía política que nos permitiera plantearnos estos problemas. Tras el triunfo electoral de 2007 sobrevino el conflicto con las patronales agropecuarias que concentró toda la atención nacional y concluyó con una dura derrota parlamentaria.

En 2009, con la crisis internacional encima, nos vimos obligados a adelantar las elecciones en las que Néstor Kirchner fue derrotado. Tras esas dos derrotas consecutivas el establishment se envalentonó y se animó a pronosticar el “fin del ciclo”.

A partir de ese momento podemos encontrar una segunda oleada de medidas transformadoras que incluyeron la recuperación de los fondos de las AFJP, la nacionalización de Aerolíneas, la recuperación del control del Banco Central y la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

El Bicentenario y la prematura muerte de Néstor nos dieron el sprint final para llegar al resultado electoral más importante desde la recuperación de la democracia. En 2011 obtuvimos el 55% de los votos. Ahí, en ese momento parecía que el poder podía alcanzarnos para ir un poco más allá, para ir “por todo”. La nacionalización de YPF y la instalación del debate por la reforma constitucional fueron botones de muestra de un posible camino de transformaciones jurídicas y económicas importantes.

Pero fue sólo un botón de muestra. El poder no nos dio, no nos alcanzó y de ahí en más no pudimos repensarnos como fuerza política para abordar esos ejes. ¿Este impasse significa necesariamente fin de ciclo? Es la gran duda. Puede serlo si los liberales ganan las elecciones.

Pero también existe una gran posibilidad para avanzar si es un compañero peronista el que llega a la presidencia. Cristina lo plantea exactamente de esa manera y lo remarca permanentemente cuando describe el país que va a recibir el próximo presidente. El país del “segundo a segundo y minuto a minuto” habrá quedado atrás y las posibilidades para abordar estos dos ejes estarán latentes sobre todo el del desarrollo de la industria estratégica nacional.

En este punto es indispensable señalar dos factores determinantes a la hora de encarar este desafío: capital y concepción política. Suponiendo que el próximo gobierno tiene la estabilidad necesaria para pensar a mediano y largo plazo y que tiene los márgenes de soberanía necesarios para emprender proyectos industriales vedados por las corporaciones transnacionales, seguía faltando el capital y la concepción política sobre lo que hay que hacer.

Durante el proceso de recuperación de YPF pudimos entender de primera mano el problema del capital para el desarrollo. Los 5 mil millones de dólares en bonos para pagar la expropiación dan cuenta de manera brutal de que las industrias estratégicas cuestan mucha plata, tanto comprarlas como hacerlas.

Pero a su vez es la propia YPF la llave que puede abrir esa puerta. Existen en Vaca Muerta reservas de gas y petróleo no convencional suficientes para financiar la industrialización nacional.

Caemos en el otro factor: la concepción política. En este punto es donde más debemos trabajar hacia el interior de la fuerza política, donde parece existir un núcleo que espera o pretende que sea el sector privado el que ponga mano a la obra.

En nuestra historia, las grandes empresas estratégicas fueron casi en su totalidad obra del Estado. La propia YPF nació durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen, a iniciativa del coronel Enrique Mosconi, convirtiéndose en la primera gran petrolera verticalmente integrada del mundo.

En 1945 el Estado crea Altos Hornos Zapla y en 1947 fue aprobada la Ley impulsada por el General Manuel Savio que dio origen a SOMISA, que fue inaugurada durante la presidencia de Arturo Frondizi.

La Fábrica Militar de Aviones colocó a nuestro país a la vanguardia mundial con el Pulqui. Este complejo de gran importancia estratégica se formó inicialmente en 1927 bajo la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear. En 1943 se incorporó al recién creado “Instituto Aerotécnico”, conocido como “Institec”, modernizando su tecnología y ampliando su capacidad. En 1951 se creó la “Fábrica de Motores y Automotores”. En 1952 se formó la empresa “Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado” o IAME, reorganizando la actividad en diez grandes fábricas.

También se destacan los casos de la Comisión Nacional de Energía Atómica (1950) y el INVAP (1976). Podríamos llenar líneas y líneas ahondando sobre el rol del Estado en la creación y desarrollo de industrias estratégicas.

De nuestra historia debemos aprender que por más que demos créditos blandos, incentivos, apoyo, acompañamiento y respaldo, no hay posibilidad de que el sector privado desarrolle las industrias que el país necesita. Si podemos esperar que al calor de estas grandes industrias florezcan (ahí si con créditos y respaldo) las medianas y pequeñas que conforman la amplia red de proveedores, que incluso generan más puestos de trabajo que las grandes empresas.

En blogsomisa.wordpress.com encontramos una descripción precisa del rol nefasto que han jugado los empresarios del establishment desde la dictadura en adelante: “La industria argentina siempre importó la chapa ancha, por lo que dependía de la disponibilidad de divisas. Cuando la balanza comercial comenzaba a ser deficitaria, en un movimiento cíclico que los economistas llaman stop-go, la importación de chapa ancha se volvía cada vez más difícil. Para contrarrestar esta limitación, SOMISA contrató en 1975 a un consorcio japonés integrado por Mitsubishi Corporation, Ishikawajima-Harima Heavy Industries Co. Ltd., Mitsubishi Heavy Industries Co. Ltd. y Mitsubishi Electric Corporation para construir y montar, en un plazo de tres años, un laminador de chapa ancha (capaz de laminar 500.000 toneladas anuales) y un segundo laminador de chapas en caliente para alimentarlo.

El laminador nunca se instaló.

En distintas oportunidades, los mismos militares y el posterior gobierno radical habrían de anunciar la reactivación del montaje del laminador de chapa ancha. Todo un símbolo de soberanía por lo que representa para la industria naval argentina. Sin embargo los anuncios nunca pasaron de “estudios preliminares” e “ingeniería básica” para el montaje, por lo que el tren laminador durmió embalado en el depósito hasta la privatización de SOMISA. La última referencia corresponde al proyecto del interventor Hugo Franco, quien había prometido en 1989 montar definitivamente el tren de chapa ancha. Como los anteriores, este anuncio tampoco tuvo mayores consecuencias. El gobierno menemista intentó subastarlo en el proceso privatizador, sin encontrar compradores; finalmente fue vendido por Techint, el grupo económico que adquirió Somisa.

Durante casi veinte años la industria argentina importó chapa ancha a pesar de tener un laminador propio a la espera de su instalación. Después de vendido, ese mismo laminador, instalado en Brasil, produjo la misma chapa ancha que se siguió importando”.

Parece un chiste si no fuera una joda grande como una casa diría Tato.

Sin embargo, pese a no haber resuelto semejantes problemas estratégicos, nuestra convicción está intacta.

Cristina le dijo a Chávez en Brasilia, en ocasión de la incorporación de Venezuela al MERCOSUR: “Vos siempre lo recordás a Bolívar y decís que Bolívar al final de su vida, una vida de lucha por la libertad de los pueblos, decía: ‘He arado en el mar, siento que he arado en el mar’. Chávez, tú puedes decir que no has arado en el mar, que has arado en tierra, que has sembrado, que la has regado y que finalmente florecieron mil flores, como debía ser, y por eso hoy Venezuela está aquí junto sus hermanos de la América del Sur. Así que felicitaciones compañero”.

Ese sentimiento está presente en nosotros. A diferencia de años o décadas atrás, somos un continente de paz, con el último conflicto armado en vías de solución. Somos un continente sin odios religiosos ni étnicos, con reservas de energía y producción de alimentos para casi 10 veces nuestra población.

Somos un continente lleno de gobiernos populares y pueblos protagonistas. Pero sobre todo, estamos adquiriendo la conciencia de todo lo que nos falta para alcanzar la justicia social.

Por eso, cuando nos hablan de “fin de ciclo” no hacen más que cargarnos las pilas para seguir militando y decir “acá el único ciclo que se terminó es el del liberalismo, venceremos”. 

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