Jueves 27 de Abril de 2017 - 02:23hs. - República Argentina Edición # 1658

Revista #54 Diciembre 2012 > Politica Nacional

RICARDO FORSTER: CACEROLAS Y CLASE MEDIA, RECUERDOS DEL PASADO


 

Por Ricardo Forster

Hurgando en viejos papeles me encontré con una serie de reflexiones que escribí a comienzo del 2002, ese año en el que el país marchaba sin brújula y tratando de encontrar alguna salida a la hondísima crisis desatada por una década larga de políticas neoliberales. Intentaba, en esas complejas circunstancias en las que todo se desvanecía, pensar qué habían significado las protestas de diciembre de 2001 y, sobre todo, la aparición de un amplio sector de las clases medias y de su instrumento que se volvería emblemático: las cacerolas. Quizá, y eso lo juzgará el lector, sean útiles esas viejas reflexiones para intentar dar cuanta de nuestros actuales caceroleros. Les propongo, entonces, un viaje por el túnel del tiempo. Ahí vamos.

1.

Como grito primario los cacerolazos veraniegos, particularmente los que tuvieron como principal protagonista a la clase media, vinieron a expresar la caída en abismo de una sociedad que no podía hacer otra cosa ante el espectáculo de la descomposición que salir a las calles a manifestar, desde la extraña y ensordecedora lógica del ruido de las cacerolas, el hartazgo que sentía ante la bancarrota de las instituciones, pero sin poder encontrar, porque ella también había sido vaciada de contenido y giraba en el noria del consumismo pueril, alternativas coherentes a la ruina de una parte no menor de la clase política. Para muchos intelectuales sedientos de protagonismo histórico, esperanzados en el giro brusco de los tiempos, ese movimiento nacido de la frustración del ahorrista, cuyo eje combativo se nucleó en dos esquinas paradigmáticas del fervor revolucionario porteño: Acoyte y Rivadavia y Scalabrini Ortiz y Santa Fe, se constituyó en el retorno de la esperanza transformadora, en el nuevo movimiento social desde el cual se iniciaría la marcha hacia una renovación generalizada de la sociedad. Tal vez creyeron ver en esas protestas una sed de justicia que desbordaría los márgenes de la indignación del ahorrista; intuyeron que esa misma clase media que durante el menemato acumuló dólares envenenados, dólares que nacían de una ficción perversa y que venían a representar el fin de una Argentina triplemente clausurada por Martínez de Hoz, la hiperinflación y la convertibilidad mágica, podrían hacer el pasaje del egoísmo a la solidaridad y el compromiso con otro país. Una clase media, al menos una parte importante de ella, que festejó la plata dulce mientras la dictadura militar desplegaba la más brutal maquinaria de represión y violencia asesina de la historia que limpió sus culpas o su indiferencia volviéndose adalid de la democracia con Alfonsín; que luego, y en plena desilusión, lo convirtió en un monje negro, en el causante de todas sus desgracias para volver a refugiarse en su autismo enfermizo; que primero con cierta desconfianza nacida de su gorilismo visceral pero luego francamente entusiasmada por los viajes a Miami, los teléfonos celulares y la posibilidad de disfrutar de la ficción primermundista, acompañó a Menem, para finalmente, y a la hora de limpiar su conciencia, encolumnarse detrás de las banderas moralizadoras de la Alianza pero exigiendo que no se cambiaran las reglas de juego implementadas por Cavallo.

Esa misma clase media un día se descubrió en las calles, se sintió despojada, abandonada, traicionada, lanzada a una espantosa intemperie y, sin transición de ningún tipo, se soñó anticapitalista o, eso es lo que creyeron ver ciertos intelectuales que alucinaban al borde del orgasmo la metamorfosis de las señoras de Barrio Norte, en abanderadas de una nueva Argentina. Aquellos que habían atravesado la historia reciente, la que va desde la dictadura al menemismo, sin protestar, sin poner en cuestión el vaciamiento económico, político y cultural, que al ver a un pobre sentían una desconfianza atávica, que mitificaron al autor de la convertibilidad y que en algún momento vieron con simpatía al discurso cavernícola de Alvaro Alsogaray, se lanzaron repentinamente a las calles para voltear un gobierno que los había traicionado en lo único que genuinamente los convoca y representa: el dinero, sus ahorros, su fascinación por la moneda norteamericana. El grito histérico que se redobló por semanas exigiendo la devolución de los dólares fue la última expresión de un movimiento que nació a la escena política cargado de infinitas contradicciones.

Y sin embargo los acontecimientos desencadenados el 19 y 20 de diciembre son algo más que la apoteosis contestataria de la clase media; su significación, que aún está por verse, rebasa ampliamente el ombliguismo del ahorrista, va más allá de los márgenes del corralito y no puede ser encerrado en un puro estallido egoísta de aquel que un día descubrió que lo más sagrado, el bien intangible, la propiedad privada podía ser expropiada por sus propios defensores. Argentina quedo desnuda, sus instituciones acabaron por vaciarse de toda legitimidad, las palabras de muchos políticos cayeron en una cloaca de la que probablemente no puedan salir por mucho tiempo, la esperanza, cualquier esperanza, se quebró en mil pedazos junto con un futuro radicalmente desvanecido de la cotidianidad nacional. Todos los contratos, de cualquier orden, se rompieron; se licuó la justicia junto con los ahorros; se quebraron los eslabones que hacen posible un mínimo de convivencialidad y, por sobre todas las cosas, se agigantó la vivencia de fin de mundo hasta convertirse en una fuerza naturalizada por una sociedad a la deriva. En la consigna “que se vayan todos” se encierra parte de este arrasamiento, de esta insólita pobreza del lenguaje y de las representaciones que, al mismo tiempo, puede significar el sueño, quimérico, de una refundación o, lo que suena más plausible, el grito de una desesperación que puede llegar a ser acallado por el regreso de un padre ejemplar que corte la cadena interminable de la orfandad. La brutalidad de la frase, su aparente radicalidad, su innegociable proliferación sobre el cuerpo político, desnudan su desnudez, muestran la compatibilidad entre el ensordecedor reclamo de las cacerolas y la nada de lenguaje que hoy atraviesa la protesta en la Argentina.

Piruetas y malabarismos varios son los que hay que hacer para convertir al cacerolazo en la manifestación de un giro inaugural de la política; su carácter espontáneo se liga directamente con la lógica de sus límites que no es otra que la generada por el carácter de su composición social. Y esto no significa una negación liza y llana de lo sorprendente e inédito de la protesta encabezada por las clases medias que hasta en un determinado momento parecieron entramarse con los piqueteros. Significa ejercer la sospecha más allá de los deseos insurreccionalistas o de las utopías renacidas al calor del verano porteño; significa girar la mirada para no quedar sólo fijados en la exaltación tumultuosa del presente sino poder apropiarnos de una cierta saga desde la cual también volver inteligible las motivaciones de tamaña aceleración de los tiempos políticos. Quiero decir que independientemente de la espontaneidad de los sucesos abiertos a finales de diciembre es oportuno recorrer hacia atrás, calar en la historia, para apreciar mejor las herencias y las deudas que estos actores sociales traen consigo. Se trata de eludir la tentación de la virginidad inaugural, de no caer nuevamente en ese tipo de narración histórica que al elegir un suceso lo transforma en absoluto y logra con eso partir en dos la historia, produciendo una profunda obturación del pasado para quedarse plenamente instalado en la exaltación del puro presente que se convertirá en el fundamento primero y último de la nueva narración mítica. Esto no quiere decir, por supuesto, que la historia no esté habitada por acontecimientos explosivos que parten aguas y que son promotores de una metamorfosis radical de los tiempos, pero el peligro es confundir una reacción confusa y contradictoria, una suerte de aquelarre en el que participaron los más diversos actores, con el desencadenamiento de ese acontecimiento inaugural. Demasiado optimismo arrojado a la hoguera en la que se abrazaron los sueños primermundistas de la clase media argentina creyendo que de esos fastos nacería una nueva oportunidad para salvar la historia.

2.

La desolación política de los noventa, ese agujero negro que supo construir el menemismo devorándose casi de un sólo bocado al peronismo, ese sabor amargo que dejaba en la boca una realidad impiadosa con las tradiciones populares, que desnudaba el salto al vacío de una sociedad anestesiada después del tremendo impacto hiperinflacionario y de la frustración alfonsinista, pareció girar violentamente hacia una nueva escena de la historia. La caída del gobierno encabezado por la figura paródica de de la Rúa, caída que previamente había arrasado a sus socios frepasistas clausurando por inútil e inservible el discurso de un progresismo incapaz de ir más allá de los temores de esos mismos ahorristas que saldrían feroces a las calles cuando la dinámica surrealista del corralito culminaría en expropiación generalizada; la caída, decía, de la Alianza significó, esto hay que señalarlo, una suerte de retorno de lo político, un desbordamiento del espacio público que, hasta los sucesos de diciembre, había permanecido casi al margen, como representación de una escenografía envejecida, útil sólo para la filmación de alguna película del pasado argentino como la que realizó Leonardo Fabio sobre los días heroicos del primer peronismo.

Lo cierto es que el estallido social desbordó a sus propios actores, arrastró hacia las calles a una multitud abigarrada, sorprendida de su inusual protagonismo, queriendo llevarse el mundo por delante sin otra consigna que el ruido ensordecedor de las cacerolas (para algunos memoriosos regresó la imagen del Chile de Salvador Allende cuando junto con la huelga de los camioneros se hicieron sonar por los barrios altos de Santiago las cacerolas que manifestaban el odio de las clases ricas al gobierno de la Unidad Popular). Pero, y esto es justo decirlo, no todo fueron cacerolas ni histéricas demandas para que se les devolvieran sus dólares a los ahorristas; de esa multitud confusa y confundida, movilizada más allá de sí misma, sorprendida de su propia novedad, también surgieron alternativas asambleístas que, en un primer momento, constituyeron una inquietante expresión de novedad y renovación en una vida política vaciada de todo contenido y licuada por su propia privatización. Las asambleas barriales no pudieron ir más allá de lo que la profunda mediocridad en la que se debate la Argentina les permitió ir; su límite no fue otro que el de años de chatura e inmovilismo que fundamentalmente descompuso de ideas a lo que en otra época lejana de nuestra historia solía denominarse el campo popular. Quedaba apenas una izquierda dogmática que alucinaba con la insurrección, con la llegada de su hora y que veía en cada asamblea una suerte de soviet revolucionario dispuesto a asaltar el Palacio de Invierno. Las asambleas fueron, finalmente, un espacio vecinal que lenta pero inexorablemente fue languideciendo cuando de los iniciales fervores fue apenas quedando una resaca que los mecanismos judiciales de los amparos, para recuperar los dólares atrapados en el corralito, no hizo más que profundizar.

De todos modos, si algo puede ser recuperado, sin perder la dimensión crítica, es cierto espíritu inicial de ese movimiento, su primera forma casi festiva, carnavalesca, asociado al clima estival, en la que se volcaron hacia lo público cuerpos y voces que desde hacía mucho tiempo no ocupaban esos lugares. Algo hay allí que debe ser seguido con atención, alguna marca habrá dejado en la sociedad como para imaginar otras alternativas reparadoras de un tejido social destruido. No puedo ir más lejos, no puedo acompañar la exaltación de algunos intelectuales que creyeron ver en las asambleas el pasaje salvador hacia otra Argentina, que confundieron a la vecina de la esquina con Rosa Luxemburgo. Apenas, y eso no es poco, fueron expresión de los sonidos roncos de una multitud que independientemente de sus pertenencias disímiles le ponía un límite a las acciones de una clase política, en asociación con las corporaciones económico-financieras, depredadora, señalaba la esencial ilegitimidad de cualquier gobierno nacido de esa misma clase y proyectaba hacia el futuro inmediato la sombra de un nuevo vendaval. De lo que no pudieron ser portadoras las asambleas fue de lo más indispensable: la capacidad de construir una alternativa al sistema, de reabrir creativamente el debate de ideas profundizando la novedad de ciertas prácticas sociales, de escaparle al consignismo asfixiante, de ir más allá de las gomas quemadas y el golpeteo de las cacerolas. Fueron expresión, ellas también, del vacío político, de la bancarrota cultural exacerbada durante los años del menemismo en los que la brutalidad televisiva y el consumismo ocuparon el sitial de honor de la escena nacional. La Argentina de los noventa, la que llega al estallido de diciembre, es un país fundido espiritualmente, un país despojado de sí mismo que se dejó conducir hacia lo peor de la época, que se desbarrancó socialmente y que fue dilapidando sus últimas herencias genuinas sin ni siquiera darse cuenta. Este desfondamiento lo ha carcomido hasta lo más hondo multiplicando sus efectos destructivos que no sólo alcanzan a la clase política si no que atraviesan gran parte de la sociedad.

Una de las expresiones más significativas de este embrutecimiento político-cultural, de este pasaje de la vida nacional a lógica jurídica, a cruzada anticorrupción, es el papel hegemónico que han jugado y siguen jugando ciertos periodistas, verdaderos actores de una época diseñada desde el dispositivo de los medios de comunicación que han contribuido al desplazamiento peligrosísimo de la política a una suerte de esfera moral en la que el tema de la corrupción se ha vuelto omnipresente hasta desintegrar cualquier otra significación. La política fue pensada como si fuese un expediente judicial, la metástasis denuncista se acomodó perfectamente con la idea reaccionaria del origen infecto de la práctica política, de una práctica desde siempre impura que contamina irremediablemente a todos aquellos que participan en ella. La espontánea protesta cacerolera contuvo ingredientes antipolíticos, fue incapaz de discernir la responsabilidad de ciertos partidos políticos y de las grandes corporaciones económicas en la bancarrota nacional, de ese espacio público que debe ser recuperado sin abandonar esa dimensión que seguimos denominando, a falta de un término más adecuado, política. El lenguaje mediático contribuyó al desfondamiento, colaboró con sus giros sensacionalistas a profundizar el descreimiento sin ofrecer nada a cambio y haciendo un enorme negocio allí donde al vacío de las ideas se le superpuso la exuberancia de las imágenes y de los golpes de efecto. Denuncia tras denuncia la incredulidad se apoderó de la sociedad que terminó por ver realizadas todas sus fantasías de un mundo podrido y de un país imposible, absurdo, carcomido hasta los huesos sin ninguna alternativa reparadora. En este sentido, los medios de comunicación vinieron a proyectar sobre los argentinos aquello que la época definiría como lo más propio de sí misma: la desesperación, el absurdo de cualquier acción, la caída insalvable de ideas e ideales, la lógica del individualismo, la espectacularización de la realidad hasta convertirla en un mero objeto estetizable al infinito.

Hasta acá lo escrito hace 10 años cuando estábamos en otra Argentina. Todavía no podíamos entrever, en el horizonte, la llegada inesperada de quien vendría a modificar radicalmente el extravío nacional. Detenerse a pensar las profundas y decisivas diferencias entre aquel país y éste significaría algo tan simple como reconocer que la actualidad argentina ya no se corresponde con la caída en abismo de aquel diciembre de 2001 cuando tantas cosas comenzaron a quedar claras. Como decía el viejo Marx hay que saber diferenciar entre la tragedia y la farsa en los momentos en que algunos aspiran a la repetición. Algunos sectores de la clase media suelen carecer de la sensibilidad que les permitiría mirar más allá de sus narices. Pero para que eso fuera posible haría falta que, cada tanto, recobraran la memoria de sus propios errores y de sus insospechados fervores. 

COMENTARIOS (2)

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