Martes 27 de Junio de 2017 - 14:21hs. - República Argentina Edición # 1719

Revista #55 Marzo 2013 > Politica Nacional

RICARDO FOSTER: LA MIRADA ANTICIPATORIA


 

Pocos y raros son los escritos portadores de una fuerza anticipatoria, más raros todavía los artículos periodísticos que logran proyectar una poderosa intuición que lleva las marcas de lo que vendrá. No era Nicolás Casullo un pensador inclinado a las profecías, de esos que se ocupan de ofrecernos una pintura supuestamente certera de lo que la historia guarda como realización necesaria. Su crítica de las izquierdas estaba atravesada por su rechazo a la reducción “científica” del decurso de las cosas; no había en él, al menos en el que inició en el exilio mexicano su revisión de aquella filosofía de la historia que le dio estructura teórica y fuerza programática a la utopía revolucionaria, ninguna inclinación a ofrecerse como rastreador de las sendas que inexorablemente deberían llevar a la victoria. Ni escatologías profanas ni teleologismos metafísicos que viniesen a garantizar que la historia acabaría por cumplir sus promesas de liberación. Más bien lo contrario, la dolorosa conciencia de vivir una época destemplada que, entre otras cosas, se había devorado el mito de la revolución y herido el corazón de la tradición emancipatoria. En la larga travesía de los años 90 (anticipada crudamente por la brutal etapa que inició la dictadura en el 76 y que apenas si el interregno del entusiasmo democrático del 83 alcanzó a paliar un poco), Casullo si bien no perdió las esperanzas en algún giro inesperado en el interior de una sociedad que profundizaba su propia barbarie social, política y cultural, tendió a dedicar sus esfuerzos reflexivos a la deconstrucción de la máquina ideológica que, bajo el formato de una nueva derecha, amenazaba con colonizar la totalidad del presente y de apropiarse del futuro.

Por eso, el artículo que voy a reproducir íntegramente y que Nicolás Casullo escribió en mayo de 2002 constituye una rareza en su trayectoria y, en especial, en lo que venía escribiendo en esos años alucinados en que nada se ofrecía como alternativa viable a la hegemonía neoliberal. Un artículo en el que, haciendo gala de una maestría única para el uso de la parodia, del humor, de la ironía, de la nostalgia y de la rememoración, pintó la semblanza de quien estaría destinado a enloquecer la historia argentina; vamos entonces hacia esa escritura anticipatoria y sorprendente: “Néstor Kirchner representa la nueva versión de un espacio tan legendario y trágico como equívoco en la Argentina: la izquierda peronista. En su rostro anguloso, en su aire desorientado como si se hubiese dejado olvidado algo en la mesa del bar, Kirchner busca resucitar esa izquierda sobre la castigada piel de un peronismo casi concluido después del saqueo ideológico, cultural y ético menemista. Convocatoria kirchneriana por lo tanto a los espíritus errantes de una vieja ala progresista que hace mucho tiempo atrás pensaba hazañas nacionales y populares de corte mayor. Revolotean escuálidos los fantasmas de antiguas Evitas, CGT framinista, caños de la resistencia, Ongaro, la gloriosa JP, la tendencia, los comandos de liberación, ahora solo eso, voces en la casa vacía. Por eso un Néstor Kirchner patagónico, atildado en su impermeable, con algo de abogado bacán casado con la más linda del pueblo, debe lidiar con la peor (que no es ella, inteligente, dura, a veces simpática) sino recomponer, actualizar y modernizar el recuerdo de un protagonismo de la izquierda peronista que en los años 70 se llenó de calles, revoluciones, fe en el general, pero también de violencia, sangre, pólvora, desatinos y muertes a raudales, y de la cual el propio justicialismo en todas sus instancias hegemónicas desde el 76 en adelante, renegó, olvidó y dijo no conocer en los careos historiográficos. De ahí que en las nuevas generaciones jóvenes de los últimos 20 años, las crecidas entre Luder y Menem, aquel ‘peronismo de izquierda’ no dejó datos ni rastros: las nuevas generaciones medias no alcanzan a descifrar ese rótulo como algo digno de ser pensado. Por eso, como espacio histórico dramático y fallido, lo de Kirchner tiene el signo de la nobleza, de respeto a una generación vilipendiada con el mote de puro guerrillerismo. Es fiel a una memoria fuerte del país que ningún peronista ‘referente’ se animó a aludir en la nueva democracia, y también signo de aquellos fatalismos. Larga es la lista de los enemigos internos y externos de esa izquierda nacional en el movimiento desde 1953 hasta hoy: los ‘cobardes, entreguistas, traidores, claudicantes, negociadores, burócratas, mariscales de la derrota, antipueblo’ y finalmente esa extraña y exitosa ecuación de modernización y renovación justicialista que desembocó en el menemismo-liberal que enamoró a todos los poderes reales en la Argentina. Lista de defecciones tan eterna y concreta que casi terminó siendo, desde 1955, la historia real del peronismo. La de sus defecciones. En esa temeraria pelea está inscripto hoy el de Santa Cruz. Según muchos Kirchner asume la representación de una pieza semiarqueológica: los militantes peronistas ‘setenteros’, ahora cincuentones, quienes viven la biografía del movimiento del 45 como sentados en una estación abandonada y ventosa muy al sur del país por donde volverá a pasar, aunque todavía no se note ni se crea ni se oiga, aquel verdadero tren de la historia que algún día podrá llenar de humo purificador la patria. Sentados en el andén vacío y destartalado, como a una hora señalada, los del grupo toman mate, hacen muñequitos de madera con las navajas, parrillan corderitos en la estación sin nadie, miran de soslayo por si se acerca alguien, y achican los ojos cada tanto con las manos de visera en pos de un imaginario punto negro, lejano, que se vaya agrandando sobre las vías con un silbato anunciador. La cuestión es no dar demasiados datos de esa espera. Por eso Kirchner habla rápido, a veces medio desprolijo, o deambula confusamente entre cámaras de noticiero tratando de coincidir con la memoria de los mártires, con el subsuelo del tercer cordón ex industrial, o con una histérica cacerolera de Belgrano R. Porque en verdad está diciendo algo difícil, complejo, discutible, pero a lo mejor por eso profundamente cierto en cuanto a por cuál sendero se sale realmente de este entuerto donde el país se desbarranca por la ladera perdida toda idea de sí mismo, toda imagen nacional. Es posible que no sea candidato, o mejor dicho que no le alcance el envión entre los sueños solapados del presidente Duhalde, las encuestas optimistas de De la Sota, la coincidencia de los poderes con Reutemann, las infinitas ‘re-elecciones’ de Menem, el caradurismo simpático de Rodríguez Saa. Desgarbado, lungo, de palabra directa, está último en esa lista, cuando cada tanto viene del sur para exigir elecciones ya. Para decir que va por adentro o va por afuera pero no va a entrar en ninguna trenza. Lo converso con mis amigos y el 80% no lo ubica, lo semitienen en algún rincón de las imágenes del conciente pero no del todo. Les digo que es el fantasma de la tendencia que vuelve volando sobre los techos y sonríen como si les hablase de una película que no se va a estrenar nunca porque falta pagar el master. Si rompe con el peronismo corre el eterno peligro de quedarse solo, ser simple izquierda, ser no ‘negocio’. Si se queda adentro, ya nadie sabe en qué paraje en realidad se queda: corre el peligro de no darse cuenta un día que él tampoco existe. En ese maltrecho peronismo que vendió todas las almas por depósitos bancarios, Kirchner es otra cosa: insiste en dar cuenta de que esta no fue toda la historia. Que hay una última narración escondida en los mares del sur” (N. Casullo, publicado en Página 12 el 12 de mayo de 2002).

Queda poco por agregar después de esta extraordinaria aguafuerte en la que, como decía Horacio González, “difícilmente podamos encontrar un escrito equivalente en que convivan el dramatismo de una situación política, la equiparación con famosos westerns, el uso de un lenguaje que usa la chanza o el desprecio como términos cariñosos (‘setenteros’, ‘parrillan’, ‘lungo’) y una áspera metafísica que quiere tornarse carnadura política. La prosa casulleana trabaja con un sentido onírico absoluto para desembocar en la forma cruda de la realidad. Es imaginativa para ser realista, es descarnada para ser utópica. Y como la materia de la que trata, usa una lengua inestable, sincopada (‘lo semitienen’)”. Un Nicolás Casullo en el uso pleno de sus talentos y capaz de, bajo la protección de un lenguaje entre tierno, humorístico y paródico, atisbar en Néstor Kirchner lo que casi nadie o apenas un puñado de ilusos podían entrever. Pero también alguien que no ha dejado de indagar en ese pasado que tantos quisieran para siempre clausurado y convertido en pieza de museo.

Todo se arremolinaba mientras buscaba el tono para darle forma a ese artículo anticipatorio: las imágenes de la infancia cuando su madre les contaba, a Nicolás y sus primos en la vieja casona de la calle Lavalle, poblada de sombras y de antiguos relatos, sobre Evita cuando la mayoría en el barrio se dedicaba a festejar la caída del tirano y a descorchar, como el padre de Nicolás, botellas de champagne; los primeros escarceos con la literatura y el amor mientras preparaba el viaje a Europa que lo llevaría, inopinadamente, a los adoquines parisinos de mayo del 68 entremezclada, la protesta estudiantil, de conversaciones con Cortázar y Le Parc mientras escuchaba a Jean Paul Sartre y creía estar tocando el cielo con las manos en compañía de alguna francesita tan revolucionaria como él y con la fogosidad de la liberación sexual recién alcanzada y eruditamente completada con los libros de Wilheim Reich; el regreso a otra Argentina que transformaba el sueño dictatorial de Onganía en un final anunciado desde Córdoba y otras ciudades, que mostraban el retorno de la clase obrera al centro de la escena mientras se desplegaban nuevas organizaciones revolucionarias capaces de desmentir las agachadas y las traiciones de la izquierda tradicional que se veía rebasada por todos lados; el trabajo periodístico, las conversaciones con Rodolfo Walsh y con el sociólogo Daniel Hopen cuando todavía se sentía atraído por la izquierda trotskista bajo la influencia del segundo mientras que el autor de Operación masacre le iba introduciendo la pregunta, cada vez más inquietante, por el peronismo y el papel de los intelectuales; la militancia en el FATRAC y la cercanía con el PRT antes de romper con la organización de Santucho y encaminarse hacia el peronismo como quien se reencuentra con algunas escenas de su infancia; el desgarramiento entre su pasión literaria y el llamado de la militancia que venía a recordarle el famoso prólogo de Sartre a Los condenados de la tierra de Fanon, que tantas marcas dejó en el debate de aquellos años en los que los caminos del medio parecían vedados; la distancia infinita entre algunas conversaciones con Manuel Puig y otras con Jarito Walker y sus compañeros de célula que, al joven desgarrado por sus dos pasiones, no dejaban nunca de inquietarlo, en especial después de escuchar el desenfado del autor de Boquitas pintadas, capaz de reírse de todo y de todos y de profetizar la amargura de los días por venir en un país sin medias tintas que se asomaba a la boca del lobo sin darse cuenta; aquellas jornadas inolvidables en la redacción de La opinión charlando con Paco Urondo y Juan Gelman y escribiendo una larga crónica sobre el peronismo pedida por Jacobo Timerman, y contribuyendo a hacer de ese diario una experiencia editorial de honda influencia en los sectores medios progresistas, que no podían saber ni imaginar que en esa redacción escribían quienes eran o serían cuadros dirigentes de la guerrilla argentina o intelectuales y poetas que dejarían una marca fundamental entre nosotros; el 25 de mayo de 1973, la plaza, el pueblo rebasándola junto a las interminables columnas de la juventud peronista, la alegría, la borrachera antes de tiempo viendo a Cámpora con Allende y Dorticós y gritando junto a la multitud: “se van, se van y nunca volverán”, la noche festiva en Devoto esperando que se abriesen las puertas de la prisión y salieran todos los compañeros de las organizaciones armadas, las certezas que amartillaban el alma borrando las inquietudes y las preguntas silenciosas; montoneros, la ilusión y el desencanto; el abismo y sus bordes; la insondable figura de un general sobrepasado por la vejez y la realidad, rodeado de una caterva de rufianes liderados por un brujo dispuestos a convertir al país en un infierno de violencia y muerte mientras todo se aceleraba hacia la catástrofe; el exilio mexicano con sus espectros y sus heridas pero también con esa insólita oportunidad para pensar todo de nuevo y sin dogmatismos sacándolo, como no podía ser de otro modo, del aire provinciano de la política nacional para confrontarlo con un tiempo muy complejo del capitalismo y de la cultura de masas; el regreso sin ilusiones desmedidas pero bajo la emoción de reencontrarse con sus recuerdos, con su barrio, con sus fantasmas, y con su novela, El frutero de los ojos radiantes, bajo el brazo y como testimonio de su hondísimo viaje hacia lo más recóndito de la memoria argentina y familiar; el peronismo prostibulario y la necesidad de revisar a fondo esa historia maltrecha y oxidada por el tiempo y las traiciones; la conversión de la mayoría de los viejos revolucionarios en adoradores de la nueva religión democrática mientras se apresuraban a acomodarse en la vida burguesa y a execrar, como restos de una historia maldita, sus convicciones y sus prácticas en aquel otro tiempo dominado por el espíritu de la revolución, que acabaría convertido, bajo la mirada de ojos impregnados del clima de época, en testimonio del error, la locura y el autoritarismo guerrillerista; el refugio en los libros y en la escritura que lo llevaron a ampliar los límites de su biblioteca, dejando que en ella entraran algunas tradiciones fundamentales de la filosofía que le permitirían recorrer con espíritu crítico ese tiempo civilizatorio previamente cartografiado, entre otros, por los pensadores de la Escuela de Frankfurt y por quien dejaría una huella indeleble en su derrotero intelectual, Walter Benjamin, autor con el que no dejaría nunca de dialogar en sus itinerarios por la cultura moderna; el viaje hacia los confines de la modernidad para mirar del otro lado de la verdad siguiendo la pista de los poetas del romanticismo, capaces de ofrecerle otro anclaje para pensar el revés de la racionalidad ilustrada y para seguirle la pista a la compleja trama del sujeto en sus claroscuros; el reinado del cinismo posmoderno de la mano de la traición final del peronismo convertido en partido liberal conservador, ejecutando la pirueta del travestismo bajo la máscara facundeana impostada del riojano impresentable; el estallido y la pregunta, reiterada, por el destino trágico de un país imposible que, de todos modos, no lo llevó a festejar la aparición, de nuevo en la historia nacional, de la clase media y sus cacerolas “insurreccionales” sonando con especial estrépito en Barrio Norte, Caballito y Belgrano, de las que no dejaría de hablar en un artículo memorable que ya he citado largamente.

Todo eso estaba en la memoria de quien desprevenidamente posaba su mirada en aquel desconocido personaje venido del sur patagónico para descubrir en él, en su insólita presencia, la acumulación de tantas imágenes y experiencias asoladas por el viento de una historia implacable. Tal vez Nicolás, mientras escribía sobre Kirchner, no hacía otra cosa que proyectar su propio sueño, delirante, enfebrecido, alucinado pero intenso y bello de una redención infinitamente postergada por una época que, eso parecía, no ofrecía ninguna oportunidad para recobrar las voces, las ideas, las vivencias de ese otro tiempo arqueológicamente reducido a pieza de museo por los sepultureros de siempre que se regocijaban proclamando el fin de la historia y la muerte de las ideologías. Simplemente Nicolás vio otra cosa en ese flaco desgarbado que venía a reponer la experiencia de una generación, la del setenta, que sólo era recordada a la hora de revisar el horror de la dictadura que había transformado toda esa historia en un gigantesco osario. Nicolás Casullo quiso imaginar, con la impunidad de una escritura que no tenía que responder a ningún disciplinamiento ideológico o político, que había “una última narración escondida en los mares del sur”.

COMENTARIOS (15)

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kAk7gKeU

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kHGjVOwHC

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