Viernes 28 de Abril de 2017 - 20:46hs. - República Argentina Edición # 1659

Revista #42 Septiembre 2010 > Sociedad y Cultura

Julio Cortázar y las artes plásticas

Una muestra y un libro proponen una nueva mirada sobre el escritor de Rayuela. Mantuvo una íntima relación con las artes plásticas a través de amigos, muchos de ellos eran pintores, con quienes realizó una gran cantidad de trabajos en conjunto.


Por Joaquín Almeida

El Museo de Arte Contemporáneo Latinoamericano de La Plata –MACLA- inauguró una muestra donde esas relaciones quedan explicitadas con la exhibición de libros objeto, pinturas, poemas y cartas entre el escritor y algunos de sus más cercanos amigos. Cortázar era un hombre curioso por naturaleza que se asombraba continuamente de lo cotidiano, pero también de las más importantes obras de arte que se presentaban en los principales museos de Europa.

Cartas

El pintor y poeta Eduardo Jonquières mantuvo una extensa relación de amistad con Julio Cortázar, al igual que su mujer María Rocchi, sus hijos Maricló, Alberto, Sandra y Valeria.

Recientemente, se editó Cartas a los Jonquières, que reúne la correspondencia entre el escritor y la familia del pintor y constituye prácticamente un diario personal sobre algunas décadas del autor de Rayuela.

En esas cartas, Cortázar no sólo le comenta su asombro al recorrer durante varios días exclusivamente la sala dedicada al arte egipcio del museo del Louvre, sino también el descubrimiento de unos pequeños animalitos mexicanos en los acuarios del Jardín des Plantes de París, llamados Axolotl, que luego plasmaría en uno de sus cuentos.“Me causan terror”, le escribe a Eduardo.

Poeta incansable, Jonquières publicó varios libros que fueron comentados por Cortázar, al igual que sus pinturas.

“La obra de Eduardo Jonquières”, escribe Malena Babino para la muestra “se vislumbra como totalidad que se expresa desde la palabra y la imagen. A pesar de que esta afirmación contradice la insistencia del artista por mantener en territorios separados estas dos facetas creativas, su trayectoria converge en una necesaria correspondencia entre su poesía y su pintura”.

Artista geométrico, en sus trabajos consigue contornos precisos y limita perfectamente los campos del color. “Limpio recinto de la línea”, fueron las palabras del escritor para definir la pintura de su amigo.

A María Rocchi Cortázar le escribe desde París comentándole la invención de unos “bichos que se llaman cronopios”, pequeñas historias con formas de poemas o cuentos, que iba creando de paso por los cafés o plazas donde se detenía para descansar en sus largos paseos por la ciudad.

Grabadora, escenógrafa e ilustradora, Rocchi le enviaba al escritor sus trabajos que él colgaba junto a reproducciones de grandes pintores como Picasso. Ella aparece como personaje, junto a Eduardo y otros amigos, en “El extraño caso criminal de la calle Ocampo” de 1957, texto que Cortázar escribe a modo de broma.

El hijo de ambos, Alberto, fotógrafo residente en Francia, comenzó de adolescente a tomarle imágenes a Julio Cortázar. Tocando la trompeta con la que soñaba con Charlie Parker, hablando por teléfono, fumando pipa, de espaldas a su biblioteca, las primeras fotografías de Alberto tienen la sorpresa de la mirada joven y la resolución plástica heredada de sus padres.

Un elogio para todos

Luis Tomasello nació en 1915 en la ciudad de La Plata. De allí partiría a Buenos Aires primero y luego a la meca de la pintura en los años 50: París. En esa ciudad, mientras se ganaba la vida pintando casas, conoció a Cortázar.

Desde ese momento comenzaron una amistad que duró hasta la muerte del escritor en 1984.

“Mi relación con Julio fue fundamental en mi vida”, explica Tomasello. “Yo no soy un intelectual, pero la conversación con él era tan agradable que cada vez que lo veía, yo salía nuevo”.

Artista cinético, realizador de trabajos donde lo fundamental es la luz y el cambio que se origina al trasladarse el espectador frente a la obra, en sus comienzos Tomasello se vinculó con el entorno de Jean Arp, Vasarely y Soto, todos pintores importantes abstractos y geométricos.

Actualmente sus obras integran las colecciones del Centre Georges Pompidou en París; del Museo Wilfredo Lam en Cuba; del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, España; también del Museum of Fine Arts, en Houston, Texas, EE.UU., entre muchas otras instituciones. El MACLA es el mayor depositario de sus obras en el mundo.

Julio Cortázar se basó en pinturas de Tomasello para escribir los textos de los que sería los libros objeto Un elogio del tres y Negro el 10.

En Un elogio del tres (1980), tres líneas pintadas representan al hombre (amarillo), la mujer (el azul) y el fruto (el rojo), y sobre estos Cortázar escribió un texto filosófico en verso.

El título Negro el 10 hace referencia a obras donde Tomasello exploraba la ausencia de luz, como generadora de un negro más oscuro que cualquier pintura. Además se publicaron sólo 10 ejemplares, número que en la ruleta es de color negro.  

“Lo escribió cuando ya estaba muy enfermo y lo firmó tres días antes de morir", cuenta Tomasello, quien acompañó a su amigo hasta su último día de vida. Incluso luego le construyó la base de su tumba en el cementerio de Montparnasse, junto a Julio Silva, quien le colocó una escultura de su autoría.

Pincel y Lápiz

Para el año 1955, Julio Silva decidió seguir los pasos de otros pintores y probar suerte en París, lugar en el que vive alternadamente con Italia desde entonces.

En esa ciudad conoció a Julio Cortázar, quien le pidió que diseñara las tapas de Rayuela, Todos los fuegos el fuego y Bestiario.

Pintor y escultor, Silva realiza figuras libres y danzantes, como garabatos estudiados que parecen moverse en mundos de ensueño.

A partir de ellos, Cortázar escribiría pequeños cuentos que serían compilados en Silvalandia, libro donde él sería Julio Lápiz y el otro Julio Pincel.

“Nuestra idea era que las ilustraciones no fueran muy apropiadas para el texto, para que la historia y el dibujo tuvieran fuerza propia”, explica Silva.
Con Oscar César Mara, el escritor utilizó el mismo procedimiento que con los anteriores pintores. Aunque en este caso no eran amigos, sino que Cortázar conoció primero sus obras y le pidió realizar un trabajo entre ambos, ya que para 1977, estaba interesado en plasmar algo sobre el tema de la violencia.

Luego de entablar conversaciones y estudiar las pinturas de Mara, concluyeron en que lo mejor sería tratar el problema del exilio, que ya Mara sufría en España. De esa conjunción de ideas surgió “Después hay que llegar”, poema que Julio Cortázar transcribió de puño y letra sobre grandes cartulinas, para ser expuestas, y cuyo destino era un libro que nunca se editó.

Esos trabajos se presentan en la muestra, acompañados de los dibujos originales; muestran la diversidad de gustos en los que se movía Cortázar con relación a las artes plásticas.

Hoy, la presencia de Julio Cortázar es insustituible, y para aquellos que no pudimos conocerlo personalmente sólo nos quedan estos vestigios, sus escritos, pinturas, fotografías. Sólo queda el eco de sus cartas.

En una de ellas, fechada en 1952 y escrita en París, Cortázar le cuenta a su amigo Eduardo Jonquières que acaba de visitar el pueblo donde vivió sus últimos días Van Gogh. “Vi el billar donde lo acostaron agonizante”, escribe, “y por fin su tumba y la de Théo, en un pequeño y delicado cementerio entre los trigales, con esos cuervos y esas nubes bajas que él pintaba hacia el fin. Te extrañé mucho ese día, hubiera sido tan justo y tan necesario que estuvieras allí”.

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