Miércoles 24 de Mayo de 2017 - 08:49hs. - República Argentina Edición # 1685

Revista #27 Mayo 2009 > Sociedad y Cultura

Los relegaos

Ignorados en los circuitos comerciales, creadores de un arte cuestionador, “Duende” “Garnica”, “Pucho” Ruiz y “Cuervo” Pajón, junto a otros folcloristas buscan que su canción pueda llegar al pueblo. Un pantallazo de la situación del folclore y las improvisadas alternativas de construcción.


Santiagueños cuero a cuero

Por Cecilia Guerrero Dewey

Llevar en la canción las demandas de un pueblo como decidores de lo cotidiano; levantarse con la música de los socavones de la realidad, es un desafío: la industria cultural fija ciertas pautas de las cuales el folclore no escapa. Durante la dictadura, la música popular perdió referentes importantes que dejaron el país o sucumbieron en el terror. Desde entonces, como en varios planos, la cultura tambalea entre la falta de docencia y el abandono de referentes. En ese vaivén, cantores, compositores, músicos y bailarines batallan para que su arte trascienda las reglas del juego y llegue a la gente como un puntapié a la transformación social.

“Los cantores populares tienen que expresar lo que sucede en el pueblo”, cree “Pucho” Ruiz, y así lo demuestra en las letras cargadas de historias de pobreríos y lomos al sol que componen su primer disco Sacha Hua (Hijo del Monte). Santiagueño conocedor de las necesidades de una provincia hostigada por la desocupación y el desmonte de las forestales, dejó el pago en busca de un mejor destino en el Gran Buenos Aires. A los 13 años, en Villa Tesei, fue albañil y trabajador de oficios inventados, pero no pudo salir de la miseria: “Yo veía pasar a los changos jóvenes con guitarras meta reírse, pero mi vida estaba alejada de eso”.

Muchos años después, cansado de cumplir el mandato provinciano que exige volver con algo bajo el brazo, el “Pucho” regresó a su ciudad natal para encontrarse con la guitarra y la chacarera. Con un par de canciones de Jacinto Piedra y otras más que aprendió en guitarreadas llegó a Córdoba y más tarde a Buenos Aires. En el medio lavó copas, tocó en las calles, compuso, actuó en peñas y vivió bajo un árbol. “Para hacer una canción hay que vivirla. Cuando van transcurriendo, pasas por muchas cosas dolientes, pero seguimos de pie con una postura firme de decir lo que sucede: un compromiso social con la gente, los campesinos y con todos los que compartimos”, afirma el santiagueño.

En esos años de mendigar espacios, Ruiz conoció al “Duende” Garnica, un cantautor oriundo de Santiago o, como prefiere definirse, un “sacha coplero contemporáneo”. Juntos empezaron a transitar el camino arduo de militar desde la canción, en donde el “Duende” construía hace más de dos décadas bajo la clandestinidad impuesta por los medios y las productoras.

“Después de haber tocado años en los trenes, en los subtes, El Olvidau fue la canción con suerte que me saca del anonimato y por la que me legitima una de las mayores cantantes latinoamericanas”, explica en referencia a una chacarera que Mercedes Sosa no se cansa de mostrar en cada escenario.

“No quiero de más, quiero lo que es mío, / al mazo trampeau voy a torcerle un destino. / Levántate, cagón, que aquí canta un argentino”, dicen las estrofas de El Olvidau, la doble que hoy cantan cientos de jóvenes en peñas y guitarreadas o artistas de la talla del Horacio Fontova. “Fijate que esa letra tiene una mala palabra, pero que en realidad es un imperativo ético para que un pueblo perseguido se levante. La canción tiene que acompañar a la realidad social del país en todos sus aspectos, para que pueda hacer fuertes los plantines por los cuales nosotros estamos creando, para poder cantarles a las cosas que suceden como fue lo de Fuentealba, Cromañón y tantas asignaturas pendientes del país”, proclama Garnica.

Aunque la búsqueda pase por un ida y vuelta a la gente, transformando la realidad en música o poesía, sucede que los canales de transmisión están envueltos en la lógica del mercado. “La dictadura y la invasión extranjera han hecho que se pierda el legado del Cuchi, del Chivo Valladares, Armando Tejada Gómez, Hamlet Lima Quintana, Hugo Días. Todos ellos fueron olvidados y tapados. El arte pasó a estar esponsoreado por gaseosas y cervezas”, explica Garnica. Sin apellidos de peso, sin una actitud políticamente correcta, grabar un disco a través de un sello discográfico puede resultar una odisea. Artistas consagrados como Los Nocheros, o músicos jóvenes que forjaron un lugar como Bruno Arias no olvidan lo complejo que fue acceder a esa posición. Aunque la búsqueda de todos los creadores no sea tan ambiciosa y muchos de ellos hayan accedido a la grabación de un disco por pequeñas productoras o de manera independiente, a la hora de difundir el material es donde se encuentra el mayor problema. “Para que un tema suene hay que pagar, es muy fácil. Los temas se meten así, entran a la fuerza en la gente y eso te queda en el inconsciente. El tema no sólo es hacer un buen material, sino quién lo va a escuchar”, piensa el “sacha coplero contemporáneo”.

“Es mentira que no nos interesa aparecer en la tele o participar de grandes festivales. Son macanas que no nos importa; si no, nos dedicaríamos a guitarrear en la casa. Pero yo pienso que todo llega a su debido tiempo”, expresa Hugo “Cuervo” Pajón, bandoneonista santiagueño, quien pese a tener un talento extraordinario forjado desde los 8 años, haber aprendido el oficio de músico junto a Mario Álvarez Quiroga, Horacio Banegas y muchos de los Carabajal, y tener dos discos editados, no logra terminar de pararse. El “Cuervo” elige no quejarse y, mucho menos, victimizarse: sabe que el camino es difícil y que la gente que llega a ciertos lugares es porque trabajó con intensidad. Su obra está volcada a recuperar los ritos ancestrales de la cultura latinoamericana, con innovación musical. “No soy de los que negocian o ponen plata para tocar; yo valoro mi trabajo. Creo que hay que llegar así, sin ser el hijo de, ni pagando”, explica Pajón esperanzado en que su último disco, Osamenta, sea abrazado.

Si bien la coyuntura no es la propicia, más allá del avance que tuvo la música popular, la problemática viene de antaño. “A mi viejo le costó muchísimo hacer que sus canciones sean escuchadas”, dice Alberto Rodríguez, cantautor platense, hijo del legendario Chango Rodríguez. Y reflexiona: “Si a aquellos distintos, como fueron Atahualpa, Castilla o mi padre, entre tantos otros, les costó llegar, ¿Qué queda para los que no somos distintos?”.

Pero, pese a tantos reveses, los años no lograron borrar de la memoria las composiciones de aquellos distintos, sino que renacen en las voces de los cantores. “Es que la música popular es como la humedad, como el agua: se filtra. Sí o sí la canción que da esperanza queda en el rinconcito del corazón. Las canciones que están muy relacionadas con la gente, con la vida, se quedan: no tienen tiempo ni estructura, son buena madera”, afirma el “Duende” Garnica que, por eso, también resiste.

Bunker Sachero

Un rancho con patio de tierra perdido en el monte; la casa de paredes ajadas en La Paternal; el pasillo húmedo en Almagro con fotos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional; Jacinto Piedra y el Che; una peña con vino caro en Palermo; cualquier espacio físico sirve para levantar el bunker sachero: “estado trashumante de consciencia, resistencia, creatividad y conocimiento”, como lo definen sus impulsores.

“Cuando uno se pone muy tácito las cosas se ponen difíciles y la proscripción aparece”, es la explicación que encuentra el “Duende” para justificar que ni él ni más cantautores sean invitados a grandes festivales, mientras sus canciones suben al escenario en boca de otros artistas. “En Cosquín, no hay un relevamiento musical para decir: saquemos lo mejor del país, banquemos a los artistas; sino que pesa la situación, los sellos, la gran góndola económica que dice: éstos tienen que estar”, denuncia Garnica.

En el 2000, durante el desarrollo de Cosquín, un poco cansados de esperar convocatorias o que, en las peñas, los artistas pequeños puedan obtener espacio y respeto, se formó el bunker sachero. La propuesta era amplia: construir un espacio, sin ponerse en contra el festival (quieren ser escuchados por el país), pero dando alternativa a compositores y cantores que llegaban con sus temas inéditos. El primer año funcionó en un bar, al segundo en un galpón sin techo y así hasta que Cromañón cambió las reglas. “Después lo llevamos a Capilla del Monte, donde estuvimos estos últimos 3 años. Pero la idea del bunker se llevó por todo el país y se armó en todas las provincias”, explica uno de los impulsores.

Poetas, artistas callejeros, músicos, cantores se juntan a compartir vivencias, experiencias artísticas y a discutir problemáticas políticas y sociales. “Es un espacio, circunstancia, vibración donde se puede hacer desde un guiso con amigos, hasta proyectar una película de campesinos, pasando por todas la manifestaciones humanas y artísticas”, dice “Pucho” Ruiz. Esa comunión del oficio, logró y continúa fortaleciendo a muchos de los artistas que se acercan, lo que permite que siga expandiéndose el ánimo bunkero.

“Ahora, ya estamos más fuertes porque se han grabado canciones de nosotros, los compañeros que estaban ahí han grabado su material y parido nuevas canciones”. El “Duende” Garnica le da un trago al vino. Afuera Alejandro Tula, Motta Luna y ”Pucho” Ruiz apuran el asado.

“Todo esto parece verborragia duendística, pero es muy verdad. Con los changos, más Rubén González, Alberto Córdoba y otros tantos, hemos compartido un camino largo de lágrimas, guisos y noches de vino”. Explica el “Cuervo” Pajón y levanta el fuelle entre sus manos de tierra. Mientras suenan los primeros acordes de La Compañera, el ”Duende” invoca:

“Uno que ha caminado, que se ha tomado unos vinos y ha sufrido un poco tiene una estrellita, esa que dice que la canción va a fluir, va a penetrar y va a quedar en el pueblo”.

La danza

En algún momento, la danza ocupó un lugar primordial dentro del escenario folclórico. Envuelta en la tradición de la creatividad y la exigencia, nadie podía desdeñarla ni negar que se valiera por sí misma. Pero las adversidades políticas y sociales que atravesó el país durante parte de los ‘70 y los ‘80 también sacudieron a la danza.

“Hoy se baila muchísimo, pero hay una involución en el sentido profesional. Los referentes fuertes no han estado en el país cuando por circunstancias políticas el terreno no era propicio y otros murieron, lo que genera que se haya perdido creatividad y desarrollo técnico en el sentido más estricto de lo dancístico”, explica “Pajarín” Saavedra, bailarín heredero junto a su hermano “Kaki”, del legado familiar de sentirse privilegiados y amantes de la danza. Los hijos de Carlos Saavedra y creadores de la compañía Nuevo Arte Nativo se sorprenden al ver cómo, pese a algunas limitaciones, el baile germina en cada punto del país. “En ese fenómeno la danza está escondida, subyacente, pero está viva: perdura y perdura en las generaciones”, agrega “Pajarín”.

Sin embargo, el afloramiento de artistas del movimiento no logra volver protagonista a la danza. “Las reglas del juego para el folclore las fijan las productoras, distribuidoras, los medios y los festivales. Dentro de ese escenario, en relación con la música, la danza es como la hermanita huérfana, subestimada por programadores y representantes”, manifiesta el menor de los hermanos Saavedra. “Los bailarines son una tribu escondida que anda mendigando y cuando se les da un espacio es como si se les estuviera haciendo un favor. Me da mucha bronca, pero no impotencia, sino ganas de hacer algo”, protesta el bandoneonista “Cuervo” Pajón.

Un lugar similar ocupa la mujer dentro de las danzas tradicionales: relegada en un espacio donde prima lo “masculino, por no decir machista”, según reflexiona Pajarín. Pero la propuesta artística de los Saavedra batalla contra ese prejuicio que estigmatiza el rol femenino. Desde Nuevo Arte Nativo y los diferentes ámbitos donde “Koki” y “Pajarín” transmiten sus conocimientos, la mujer cobra la relevancia y participación que no encuentra en otros espacios. “Hay mucha teoría, pero nosotros mostramos los resultados. Esa es la prueba de que es posible, siempre que se trabaje para eso”, se enorgullece “Koki”.

Con ese mismo optimismo, producto de años de formación y pasión por su arte, los Saavedra procuran devolver a la danza el espacio que le corresponde. Convencidos de que el cambio pasa por la transformación personal del artista, la evolución y el estudio incansable, “Koki” y “Pajarín” creen que el hecho artístico es un acto especial y de libertad donde se gana si se es auténtico y genuino. “La fama es puro cuento: lo que queda es lo que radicas, lo que produces. Más allá de las adversidades, la danza trasciende en uno y en los otros. Primero es para vos, como un hijo, después será para los otros. Tiene trabajo, sacrificio, dolor, pero el placer es indescriptible, en vez de menguar se acrecienta.”, expone “Koki”. Y es por eso que no se sienten relegados y por lo que pueden “ser felices, sin cerrar los ojos”.

La vuelta del santiagueño

Un día, alguien llegó y le propuso al ”Duende” Garnica grabar un disco. La oferta era tan tentadora como para pensar en encarar el trabajo solo. ¿Por qué no darle a Santiago del Estero la posibilidad de mostrarse en una cantata colectiva que recorra su historia mística, sus memorias de barro y monte?, pensó. Entonces convocó al poeta Jacinto Velázquez y a un sinnúmero de músicos para que lo acompañaran en una “obra que reflejará el desarraigo, desde su aspecto cultural, social y económico”, explica Garnica.

Durante 2006, con la intención de lograr un ejemplo de pluralidad y compañerismos, más de 70 artistas grabaron La vuelta del santiagueño: Cantata de memoria colectiva. El ambicioso proyecto, casi inédito en Argentina, es un tejido de ritmos, memorias y un llamado a la rebelión de los olvidados. Desde “Pilly” Herrera, “Pucho” Ruiz, “Flaco” Benito, Alejandro Tula, “Cuervo” Pajón, hasta la Chacarerata Santiagueña, Peteco Carabajal, Motta Luna, entre otros musiqueros, participaron en el disco que procura convertirse en un suceso colectivo del que pueda apropiarse cada santiagueño.

“Una vez, ya nos mintieron. Salimos a la calle, les hicimos saber: quemamos todos los templos, no tenemos miedo a ningún poder”, dice un fragmento de Alta Guaracha, una de las canciones del discos a quien el ”Duende” puso letra; “Pucho” Ruiz, música, y Horacio Fontova, Luciano Cañete y “Che Joven”, voces.

Poco tiempo atrás, el cantautor boliviano, congresal por una provincia de Tarija, Enrique Jurado vino en busca de la guaracha con la intención de promoverla por Latinoamérica. “Es fundamental admirar lo que está viviendo hoy el folclore. No dejar de ser nosotros, con todo el sentimiento que nuestro pueblo demanda. Si sabemos unirnos en Sudamérica, con seguridad sabremos triunfar”, explica Jurado.

 

COMENTARIOS (19)

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matzcrorkz

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matzcrorkz

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