Viernes 18 de Agosto de 2017 - 15:17hs. - República Argentina Edición # 1771

Revista #32 Octubre 2009 > Sociedad y Cultura

Salta a lo indio

El recital más esperado del año por las bandas llegó después de nueve meses de parate como antesala de la primavera. La ciudad fue sitiada por ricoteros que llegaron desde todas las latitudes del país, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay y Perú. El viaje, la previa y secuencias del show.


Por Manuel López Melograno

Las luces blancas de las cuatro torres del estadio se apagaron en dos tiempos como ocurre en el cine. Algunas bengalas se prendieron y en lugar de la banda empezó a sonar una extraña pista. Una especie de danza ritual aborigen fue aumentando, bajó de golpe y dejó entrar una voz gruesa y masculina: “Damas  y caballeros con ustedes los fundamentalistas del aire acondicionado”.  Fuegos de octubre estalló y todo, absolutamente todo, era una fiesta.

-Es la primera vez que toca tantos temas de los redondos-, vociferó a mi lado Luis, de 46 años, seguidor de la primera hora y asistencia perfecta, justo antes del clásico final de jijiji, que inclinó la lista de temas a favor de Los Redondos con dieciséis contra doce del indio y los fundamentalistas.

Con una tecnología que tiende a achicar espacios el sonido fue total. Unas pocas filas de parlantes laterales fueron suficientes. La fiesta latía tanto en el campo como en las tribunas, que hicieron temblar el estadio Padre Ernesto Martiarena como nunca antes. Pequeños sismos se sentían desde la planta de los pies hasta el centro del pecho si uno se quedaba unos segundos sin saltar. Desde la platea la cancha se veía como un mar de gente que no dejó prácticamente un hueco sin cubrir.

Solari emociona, cautiva y demuele. Después del primer tema cuando saludó al público, agradeció a la ciudad de Salta por su carácter de anfitriona, a la provincia y a los salteños. “No es fácil llenar estadios en el interior y ustedes los han hecho, quiero agra….” La explosión de aplausos no dejó terminar de escuchar la frase y al toque arrancaron los acordes de  ¿Tomasito podés verme? ¿Tomasito podés oírme?

Alto viaje

Este recital comenzó hace rato al confirmarse la única fecha del indio en lo que queda del año: Salta, 19 de Septiembre. Justo ahí todo empezó a moverse. La temperatura subió como en el subte.  Cientos de miles de mensajes de texto  al celular y mails volaron por la web y todos necesitaban, en lo posible, un poco de crédito para escuchar las voces excitadas de los que serían sus compañeros de viaje rumbo al norte argentino.

El chofer deja atrás la ciudad de San Pedro preparado para entrar en territorio santafesino. De repente una frenada, un corcoveo y me despierto. Lo veo a agustín- un nene de cinco años- con los bigotes de coca cola, trepado al respaldo del asiento mirando cómplice a su madre. Ella es la única que toma mate a bordo. Unos diez fuman y toman. La mayoría duerme. El nene, junto a sus padres, vio más recitales del indio que la mitad de los que viajan en este micro.

Al llegar a la ciudad los colectivos de las bandas estarían por todos lados. El bondi que me lleva junto a cincuenta desconocidos seguidores del grupo salió de Isidro Casanova, La Matanza, el jueves a las ocho de la noche y llegaría a la terminal salteña a las tres de la tarde del viernes. Con Nicanor y Maribel somos los últimos en subir, dos horas después, en Panamericana  y 197. Veinte horas juntos para llegar a tiempo a la misa india y a compartir la previa. A bordo viajan también un par de aguas y gaseosas. Mucho Fernet, vino y porro no faltaran en este viaje en el que todos beben y los choferes conducen. Hay sándwiches de todos los colores y pizza para comer en el viaje en cualquier momento.

-Vayan a ver a Skay manga de putos- gritó Martín, fiel hincha de  Almirante Brown, alterado porque no cantaba nadie a punto llegar- y retomó: Che Rafa, me chamullaste loco, me dijiste que veníamos en un bondi piola y son todos unos caretas. ¡Ey amargos! ¿Vienen a ver a Arjona?, fulminó.

La cabeza siempre viaja antes que el cuerpo. Es inevitable imaginar cualquier viaje  y éste no es la excepción. Comparado con el aquí y ahora, las imágenes se parecen. Todo lo imaginable puede estar pasando.

Al llegar a la tierra de Güemes fue bueno llevar carpa porque no había quedado un lugar para dormir. Ni hotel, ni hostel, ni nada. Solo se podía parar en el camping del balneario municipal- ubicado en las inmediaciones del estadio- que para el sábado a la tarde ya tenía 800 carpas estaqueadas en su suelo pelado y los trapos(banderas) colgados.

Durante el día las tribus coparon todo: plazas, paseos, la terminal, los taxis y los predios de alrededor al estadio mundialista. Toda Salta, la linda, la de las empanadas famosas, la de la sangría que se traga como agua, fue tomada por éstos dos días que convocaron más gente que la celebración más importante, la de la virgen del milagro.

Más de siete millones de pesos se sumaron a la economía salteña con la movida. Bastaba pasar por las calles del centro para que desde cualquier auto gritaran todo el tiempo: “Aguante el indio”, “Vamos  indio carajo”.

De la gorra

La policía salteña la tiene clara. Simula estar de la gorra pero no molesta. Hubo control, no presión de choque. Los más de 1200 efectivos entre gendarmes, policía provincial y local trabajaron mucho para prohibir el consumo de alcohol y su venta dentro del camping y espacios públicos, aislados generando una cierta bronca que no pasó a mayores. Eso sí. Parece que a un grupo igual se les fue la mano con el machete y golpearon las cabezas de un par de pibes.

En la zona del estadio los que mandaban, como siempre, eran el personal de control y prevención contratado por la banda, 486 hombres con pecheras naranjas y amarillas flúo.

El show

El indio vestía pantalón y camisa a cuadros manga corta y sus gafas negras encarnadas. Locuaz y más afectuoso que de costumbre interactuó en todo momento. En las pausas regaba su gola (como le gusta decir) con un vaso de whisky que apoyaba delante de la batería. Se mostró emocionado con el público y los que lo ayudaron para el show. “Quiero agradecerle a mi doctor, a Walter, que me ayudó con unas anginas para poder estar mejor hoy, quiero pedirles un aplauso para él”. Y así fue.

Canto como una frenada de auto, se autodefinió el líder, alguna vez. Buenos frenos entonces para un show que continuó con Martines y tafiroles de su último trabajo Porco Rex, dos sustancias reconocidas por él mismo como de uso corriente. Me matan limón, El infierno está encantador esta noche y Rock para el Negro Atila hicieron delirar a todas las generaciones de ricoteros que no podían creer semejante ofrenda.

Gustavo Montenegro llegó desde Buenos Aires con la idea de hacer lo que siempre hace. Aguantó saltando en el campo hasta el cuarto tema. Esperó a que se cansaran un poco los más polenta que aguantan pegados al vallado y se mandó como un tractor a sacar las mejores fotos que pudo. No logró pegar su pecho a los fierros. Pero mejor. Pudo ver a la banda en tamaño real y hasta sintió estallar su corazón dentro de un cuerpo totalmente prensado por la masa. Emocionado pudo ver a tres metros de distancia, sobre el escenario, las dos venas gigantes que salen de la frente pelada, por encima del ojo derecho, conectadas temiblemente al cerebro críptico del líder. Pensó qué sentiría Solari. Sacó la cabeza buscando un poco de aire, tembló, y estiró los brazos con la cámara en alto para inmortalizar el momento.

Bajo las nubes que pasaban veloces sin derramar una gota, ráfagas de viento fresco, resucitador, oxigenaban los pulmones de más de treinta mil almas como si la misa india hubiese estado orquestada, justo, por fundamentalistas del aire acondicionado.

En los intervalos breves todos aprovechaban los segundos para recuperarse y caer en la tierra.  Los elogios pronto llegaron para la banda. -Son buenos estos pibes-, disparó el ex cantante de los Redondos. Los pibes: Gaspar Benegas y Baltasar Comotto en guitarras, Pablo Sbaraglia (teclados), Marcelo Torres (bajo), Hernán Arramberri (batería) Alejo Von Der Pahlen (saxo) y Ervin Stutz en trompeta y trombón. Más adelante, luego de que las pantallas gigantes descubrieran la fiesta interna de los músicos que parecían tocar por última vez, dijo: “se están divirtiendo los fundamentalistas”.

Todo acaba de terminar. Martina Cisneros, Panchi, es una joven doctora que dejó el hospital Materno Infantil de Mar del Plata y llegó con su hermana hace tres horas a Salta para ver su primer recital del indio y pasar una semana de vacaciones. Esta parada sobre la lona gris que protege todo el césped del campo de juego. No puede ni hablar. Cuando logra soltar palabra, cuenta gesticulando cómo un gordo la abrazó para cuidarla durante el pogo de Jijiji; el tema que cierra todos los recitales y conocido como el “pogo más grande del mundo.”

Al salir todos buscaban cualquier bebida fría para hidratar sus cuerpos. ¿Comida? Claro. Variadito y de lujo: hamburguesas, choris, panchos, pizza, empanadas caseras fritas con grasa y hasta pata de ternera al espiedo cortada en fetas y  servida en mini sándwiches- a dos por cinco pesos- que eran devorados en segundos.

Yo debuté acá

Pese a que muchos se quejan por lo largo del viaje, alguna vez, les tenía que quedar cerca de ellos, los argentinos del norte. La decisión de Salta, 19 de septiembre, fue más que acertada. Con actitud federal, el indio recordó al principio: “Yo debuté acá hace muchos años, allá por el 78`.” El dato no pasó desapercibido y pudo unirse con la anécdota que contó un taxista local. Parece que en aquella oportunidad, el dueño de El Polaco, donde se presentarían los redonditos preguntó a Skay y al indio como se llamaban:

-Los redonditos de Ricota- devolvieron

-¿Pero ese es el nombre?

- Bueno, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.

  La respuesta no solo cerró un diálogo. Verbalizó una marca para todo el mundo y hasta la eternidad.

En la mañana del domingo todo parece más tranquilo. Las calles aún huelen a restos de rock and roll. Muchos pseudocadáveres con sus remeras favoritas respiran dormidos, agotados en la calle, en sus camas extasiados luego de tremendo orgasmo musical. Al finalizar el recital algunos volvieron directo a sus casas, derrotados, con la energía justa para acomodarse en los asientos  y dormir por horas.

Salta capital sigue siendo la linda. Ahora, refundada, transformada en capital ricotera.

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