Martes 25 de Julio de 2017 - 03:33hs. - República Argentina Edición # 1747

Revista #44 Noviembre 2010 > Sociedad y Cultura

Un hormigueo


Por Josefina Bolis (*)

¿Estuviste alguna vez sentado mucho tiempo en una posición incómoda? Si te pasó me vas a entender. Debés saber de ese hormigueo desesperante en alguna parte del cuerpo, generalmente en las extremidades inferiores, que te hace ponerte de pie en un movimiento súbito y empezar a caminar, primero sin rumbo determinado y sin articular los pasos. De a poco, el letargo va dando paso a la lucidez y encontrás una dirección, un objetivo, un punto en el horizonte hacia el cual avanzar.

El miércoles 27 de octubre, con la muerte de Néstor Kirchner, yo sentí ese hormigueo. No en las piernas, sino en el estómago. Ese estrujamiento de las tripas que va ascendiendo en efecto dominó por el pecho y florece en la garganta en forma de llanto o de canción. En el desamparo de la soledad sólo atiné a convertirlo en lo primero.

Para mi fortuna, pasaron pocas horas hasta que recibí un llamado de una compañera: nos encontrábamos en la facultad para ir todos juntos a Plaza de Mayo. Y digo por fortuna, porque con ellos pude transformar las penas en versos, que al principio me eran ajenos, pero que rápidamente adiviné. Gargantas que quedaban afónicas, otras cuya emisión se entrecortaba, susurrantes algunas, estruendosas otras. De a poco, en la unidad, renacía la esperanza y la alegría.

Esa energía era inédita para mis veinte años. Lamentablemente, no podía culpar de mi desconocimiento a una burbuja que me costó hacer estallar. Desde los noventa -década que me engendró- no había presenciado o siquiera oído un rumor de un acontecimiento de estas características.

Quizás decirlo ya sea una obviedad: el neoliberalismo significó la destrucción del Estado, la venta descarada de la patria, el trueque de la política por el eslogan. ¿Qué podrían haber mamado los jóvenes en tal escenario? Nada más que desinterés y consumismo superfluo para los que ganaron, y desesperanza y vulnerabilidad para los que perdieron. ¿Para qué debatir? ¿Para qué construir? ¿Para qué hacer política en un mundo donde sólo importa el instante, ya que en el horizonte no hay figuras, puntos, ni siquiera una mancha borrosa? Mejor bancarse el entumecimiento, que elegir un camino para perderse poco después.

En la Plaza del miércoles encontré miles de espejos: me miré y me gustaba mi reflejo. ¡Tantas veces había observado mi imagen sin entender lo que veía! No encontraba significantes que acompañen mi nombre y que me dé orgullo llenar. Creencias religiosas: ninguna. Equipo de fútbol: no tengo. Ideología política: y devuelta, el vacío.

Y de repente, la pasión. Ese canto que colma todos los huecos del alma.

Esa tristeza que sólo podía provenir de un amor en los rostros que eran mi reflejo. Un amor que duele a veces, pero que al fin reemplaza el vacío. Era una identidad colectiva. Era la política, por fin la había descubierto.

Como estudiante de comunicación social, me había amarrado a causas como la ley de medios, que incluso me movilizaron a decir presente en el espacio público, pero tal participación no podía ser más que esporádica.

Eran causas, nada más. Medidas que de alguna manera tocaban mis intereses, afectaban mi situación individual. Pero la identificación con un proyecto es algo diferente. Significa llenar de sentido esas pequeñas luchas, visualizar con claridad un camino hacia el futuro y encontrar las fuerzas para caminarlo en una pasión.

En la Plaza nacieron varios mensajes, los más verbalizados fueron los de “gracias” y “fuerza”, es decir, el reconocimiento del pasado y el apoyo para lo que va a venir. Pero hubo un mensaje que no se dijo, tal vez para no redundar, que era “estamos acá”. Ya no estamos cómodos en los sillones de nuestro hogar, entumecidos y pasivos. La pasión desborda la plaza, la juventud lleva la bandera y la política vuelve al centro de la escena.

Néstor es un ejemplo de una gran pasión para la que un cuerpo humano era un espacio demasiado reducido. Un volcán en erupción, un vaso que rebalsa, un satélite que explota desperdigando millones de partículas en el espacio. El miércoles 27 de octubre del 2010 sentí una de esas partículas en el estómago. Acaso llegó a mí por ventura, acaso la estaba esperando. Seguro que me vas a entender porque te habrá pasado alguna vez. Fue un hormigueo, algo que se despertó.

(*) Josefina tiene 20 años, es estudiante de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP y participó de las marchas a favor de la aprobación y aplicación de la Ley de Medios.

COMENTARIOS (15)

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