Jueves 27 de Abril de 2017 - 02:19hs. - República Argentina Edición # 1658

Revista #54 Diciembre 2012 > Sociedad y Cultura

ENTREVISTA A PABLO RAMOS: "ME INTERESA QUEBRAR LA SOBERANÍA DEL LECTOR"

Uno de los más notables escritores argentinos contemporáneos nos habló de su último libro, “El camino de la luna”. Son relatos que buscan la redención con esos pedazos de la intimidad que nunca desaparecen y acechan con la sombra de lo inefable.


 

Por Juan Mannarino

Antes que apareciera “El camino de la luna”, su último libro de cuentos recientemente editado por Alfaguara, Pablo Ramos escribió en su blog La arquitectura de la mentira: “Quiero decir que es un libro de disculpas, un libro de saldos pendientes con algunas de las mejores personas que pasaron por mi vida”.

“Lo sentí de esa manera: quise ser justo con personas con las que fui injusto. Es una especie de ajuste de cuentas con mis relaciones más íntimas”, nos dice el escritor, y confiesa que hace minutos bajó una máquina de escribir de una camioneta.  Se la regaló un amigo y será con la que escribirá su próxima obra (“Los ángeles también deben morir”, la cual anticipó como “una novela largona pero fantástica”). Su máxima es “libro que termina, máquina de escribir que se tira”. Cada libro, para él, es un artefacto nuevo: una vibración en el martilleo de las palabras.

Leer a Ramos es, siempre, nadar en lo profundo. Una literatura visceral, despellejada, que cala hasta los huesos porque, al mismo tiempo que cuenta, el escritor se descubre, se expone, se ofrece en cuerpo y alma como ningún otro. Caminamos, junto a él, por densos laberintos sin saber cuál será la salida; navegamos por los ríos turbios de la violencia y al mismo tiempo del desamparo; buscamos desesperadamente los espacios de la reconciliación. Somos tiernos, hostiles, inseguros, oscuros, inocentes y dramáticos. Porque, nos sugiere Ramos, si hay un terreno donde nuestro eje se fragmenta, donde todos somos indefensas criaturas en busca del amor, es en el terreno delicado de los afectos cercanos.

Ese es el universo de su literatura. Ramos, nacido y criado en el conurbano, un conurbano nostálgico, feroz y místico que aparece como telón de fondo de sus narraciones, se despedaza entre olvidos y memorias, odios y alegrías, ternuras y maldades. Las historias que pueblan “El camino de la luna” son células unidas a un tejido común: el de revisar los agujeros negros de la vida. Esos que, aún invisibles y ausentes, concentran un campo gravitatorio imposible de negar.

Son relatos que transcurren bajo los puentes, en bares, en cuartos de hospital, pero también en las soleadas veredas del barrio o a la orilla del mar. Los personajes se enfrentan a fantasmas que irrumpen y causan tormentos, y son fuerzas que a veces chocan, se oponen pero también conviven y se juntan con el tenor de la violencia y la ternura, el amor y la soledad, el dolor y la belleza.

“Me movilizó mucho escribirlo, y eso que hay cuentos que fueron escritos hace tiempo. Necesitaba que los relatos fueran parte de un mismo mundo, y eso lo encontré cuando sentí vivir el perdón, la salvación y la redención con los personajes. Por ejemplo, los dos cuentos brasileros se originaron por un ajuste de cuentas con una mujer que quise mucho pero la perdí porque me porté mal. Nadar en lo profundo es otro ajuste de cuentas, pero con mi padre, al que le debía una reflexión más justa después de “La ley de la ferocidad” porque me di cuenta que lo tenía en un lugar de rencor por la idealización que tuve de la imagen de mi vieja”, explica Ramos, para quien hay que “vivir para escribir” y “escribir para vivir”, credo que defiende desde su primera colección de cuentos, “Cuando lo peor haya pasado” (2005), hasta sus tres novelas, “La ley de la ferocidad” (2007), “El origen de la tristeza” (2004) y “En cinco minutos levántate María” (2010), e incluso la nouvelle para jóvenes “El sueño de los murciélagos” (2009). 

El ansia de una reconciliación se vive en el relato “Nadar en lo profundo”, cuando hacia el final se resume el concepto de la obra: “Eso de no poder dormir de noche y de tener que salir a buscar comida todo el tiempo para calmar, aunque sea un poco, un hambre infinita, sonaba horrible y sólo pensarlo me llenó de angustia(...) Porque la noche se hizo para dormir ya que la luna ilumina poco y no es capaz de mostrar ningún camino”.

El hilo conductor de todo es, como siempre, Gabriel Reyes, su alter ego, su portal hacia la ficción, el que hace surgir ese mundo que nace en el viaducto de Sarandí y crece hasta confundir escritura y vida.

-Siempre decís que un escritor es, antes que todo, una persona que vive.

- Cuando uno piensa construir una obra, sea cual fuese, primero debe reconocerse como persona. Primero, siempre, está la persona y después el escritor que construye una obra. Siento que la intensidad es mi sello, pero no sólo cuando escribo, sino también cuando juego al fútbol o cuando hago el amor. Por eso reclamo de mí mismo la levedad de las cosas. Sé que tengo demasiada energía, en algún momento la vida es más liviana, la intensidad debe regularse porque provoca angustia y estrés. Y eso me pasa porque tengo necesidad de no ser superficial, me obsesiono por las formas y por la comunicación perfecta. Esa sensibilidad está en mis últimos relatos, donde vuelvo a los temas antiguos, como el miedo a la muerte, a la soledad, a la belleza, a la idea de dios, al perdón, a la salvación y el castigo porque me reconozco como un escritor moral, en tanto me interesan las situaciones que se dirimen entre el bien y el mal. Todos los cuentos buscan el perdón, menos uno: el que describe el abuso sexual a un niño, algo que no merece compasión.

-¿Dónde están los límites de la ficción en lo que escribís?

- No sé, está todo mezclado. Escribo para entender cómo fue el pasado, cómo soy ahora, por qué me cuesta o me gusta lo que me gusta. ¿Qué es exactamente eso que soy, por qué me relaciono de la manera en que me relaciono? No hay nada mejor que la escritura para pensar el vivir.

-¿Y qué significa “El camino de la luna” en ese sentido?

- Representa una agradable evolución. No sólo en el manejo del estilo y de la estructura de la ficción, sino que estoy más cerca de algo que busco desesperadamente y que no sé qué es pero está cercano a la belleza. Siento orgullo por la complejidad de algunos relatos, como “La fría oscuridad del universo”, porque hay una trama densa, muy trabajada a lo largo de mis últimos años, porque reconozco que el género cuento me cuesta mucho y tengo que reescribir constantemente”.

-Tu literatura es personal, vivencial. ¿Qué lector buscás?

- Me interesa quebrar la soberanía del lector. En los tiempos que corren hay una fuerte resistencia a emocionarse. Cuesta agregar emociones a la vida, reconocer el dolor, los cambios de sensibilidad. A mí me gusta cuando muchos lectores dicen “me estás cagando las vacaciones pero no puedo dejar de leerte”. La soberanía es una frontera. El lector está allí con su armadura, que lo pone a la defensiva y le dice “hasta acá llegaste”. Mi escritura es agresiva, en el sentido de ser un acercamiento extremo. Quiero tocarle el cuerpo al lector con eso que le estoy diciendo. Es difícil de lograr, pero cuando sucede es revelador

-¿Eso lo sentís cuando estás escribiendo o al terminar una obra?

- Vivo intensamente los procesos, sobre todo cuando un relato asoma la cabeza. Cuando escribo siento que no defraudo ni a mí ni a mis lectores. Sigo siendo un grano en el culo para muchos. Me importa un carajo el lugar que ocupe en la literatura argentina. A mí sólo me interesa la responsabilidad de clase cuando escribo, porque me siento en la clase trabajadora, en la clase humilde, de la que soy parte desde que nací. Mi lugar está en la esquina de mi casa, en la parrilla, cuando charlo de cualquier boludez con el tachero, compartiendo un vino para escuchar cómo le fue en su laburo. El día que pierda eso es que no entendí nada de lo que me enseñaron mis viejos y toda esa gente que me enseñó los esfuerzos por una vida mejor.

-¿Qué verdad defiende tu escritura?

- Mirá, la literatura son historias de la gente para conmover a la gente. Hay que atentar contra la boludez de la posmodernidad y contar historias. Los humanos somos, al mismo tiempo, la oportunidad de belleza y la oportunidad de tragedia, pero somos la posibilidad del universo en definitiva, no queda otra. Mi literatura se nutre de personajes olvidados, como Sarlanga en mi cuento “La poesía sublime”, tipos cultos de barrio, con mucho sentido del humor, con una filosofía mística. Tipos como esos me hicieron escuchar “Artaud”, el disco de “Pescado Rabioso”. Es con ellos que me siento escritor, agradezco a la vida la suerte de habérmelos encontrado. Antes de sentirme escritor, era un lumpen, iba a un hotel y no sabía qué poner cuando en la planilla decía “profesión”. Ser escritor y reconocerme en él, ahora me da una fe, una razón para trabajar todos los días.

En el final, Pablo Ramos adelantó abandonar a Gabriel Reyes en “Los ángeles también deben morir”, su próximo trabajo.

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