Martes 27 de Junio de 2017 - 14:19hs. - República Argentina Edición # 1719

Revista #56 Junio 2013 > Sociedad y Cultura

ENTREVISTA A RUBEN PATAGONIA: EL GRITO DEL DOLOR PATAGÓNICO

Creció entre los fuegos de las peñas y la soledad del desierto. Defensor del canto del sur argentino, con cuarenta años de trayectoria, le queda una deuda pendiente: que el folklore reconozca a la Patagonia como una de las patas de la identidad cultural nacional.


Por Juan Manuel Mannarino

Rubén Patagonia, sentado en el hall de un hotel de Buenos Aires, está quieto. Parece mareado. Con su mujer como única compañía mira Crónica en un televisor. Le duelen los pies: se la pasó dando notas y la cabeza está a punto de estallarle. No suele visitar la gran urbe. Hay gente que pasa por la vereda y lo mira como si fuera un ser de otra época.

Si algo le sobra a este músico de 56 años - de pelo negro, largo y cara curtida-, es apariencia de hombre originario del sur. Sin embargo, hay quienes dudan de su verdadera identidad.

Entonces, sin que nadie se lo pida, decide ir a la prueba suprema. Saca un documento de su bolsillo.

"Todavía se dice que no nací en la Patagonia. Que me hago el indio para hacer lo que hago. Que por eso actúo en las películas (hizo papeles en el cine argentino). Es increíble."

El documento, arrugado y algo despedazado, dice que Rubén Chauque nació en 1956 en General Mosconi, un barrio de Comodoro Rivadavia.

Se calma. Dice que no está acostumbrado a hablar demasiado. Cualquiera que lo haya visto en vivo y en directo, o que lo haya escuchado en sus discos, pensaría lo contrario. Patagonia habla suave, lento. Pero cuando canta, cuando baila en el escenario, es otra cosa, algo parecido a un actor sanguinario, de esos a los que les gusta ser viscerales, que aprietan los puños y se elevan al cielo con los ojos en éxtasis. Señala: “Te juro que no hay nada preparado. Todo lo que hago nace espontáneamente. Si tengo que llorar, lloro. Si quiero pegar un grito, lo pego”.

-¿Qué música hace Rubén Patagonia?

- Me identifico con el canto patagónico, que es una expresión poético-musical que nombra a una tierra agreste, árida. No le llamo folklore. Me gusta hablar del “canto” y la “música” de la Patagonia. Pero lo que canto va más allá de la Patagonia. Somos un país pluriétnico. Hablo del hombre y sus penurias, de su dolor, de su pobreza.

-¿Cómo definís el canto patagónico?

- No es música tehuelche ni mapuche, pero hay elementos que incorporamos y los mezclamos con guitarras, con teclados y con otros instrumentos electrónicos. El canto patagónico parte de cantar desde las raíces. El hombre del sur no es sólo el hombre de los pueblos originarios: está el campesino, el petrolero, el hombre de la ciudad. Nuestro canto también es el amor a la madre tierra, pero no es un canto ecologista ni ambientalista. El canto patagónico afianza nuestra identidad, no olvida la historia ni la memoria.

Hace una pausa. Le dice a Helena, su mujer, que prepare algo caliente. La maquina del hotel está rota y ella espera, paciente, para introducir las monedas. Helena es el alma mater, es quien atiende el teléfono, le recuerda anécdotas del pasado, le arma los shows.

Patagonia está cansado y tose. Dice que no le entra en la cabeza cómo un título de propiedad comprado ilegalmente pueda convertir a cualquier persona en dueño de la tierra. Que los verdaderos dueños son los abuelos indígenas, que nada entienden de papeles. Que es urgente pensar.

-¿Pensar sobre qué?

- Hay que pensar sobre nosotros, los seres humanos. La tierra no es sólo un problema de los tehuelches ni de los mapuches. ¡Somos todos! La lucha por la tierra es tremendamente positiva. Es una forma de no morirse, de no renunciar a la memoria, de resistir. ¿Si no peleamos por la defensa de nuestra identidad, quién lo va a hacer? ¿Los extranjeros que como Benetton compran gran parte de la Patagonia?

-Hace un rato, decías que no hacías ni folklore ni música indígena. ¿Qué es el folklore para vos?

- Lo folklórico se refiere a la música mapuche y tehuelche, que es ritual. Nosotros no hacemos eso, pero quizás nos encuadremos dentro de los cantos no sagrados de esas comunidades. Usamos sus mismos instrumentos, como el kultrung (una especie de timbal con cuero de caballo), la kadkawilla (suerte de sonajero) o la trutuka (una trompeta de coligüe).  De esa manera, vamos construyendo con ritmos de esas músicas y así llegamos al loncomeo cordillerano o al kaani, que son nuestros cantos criollos. Tenemos a Don Luis Rosales, un músico que canta loncomeo tradicional, pero que es diferente del loncomeo del norte neuquino de Marcelo Berbel. Y que también es distinto del kaani, que tiene como referente a Hugo Giménez Agüero.

-¿Sentís que aportás una mirada personal a todo ese legado musical?

- No me quiero diferenciar de nada. Sólo muestro mi trabajo, que lleva una trayectoria de cuarenta años. Nosotros, cuando hablamos de folklore argentino, reconocemos el  ámbito de Santiago del Estero, Salta, el Litoral. Pero el folklore tiene una gran deuda con los ritmos y las melodías de la Patagonia. Ahora que estoy tocando con Tomás Lipán nos dimos cuenta que los instrumentos del norte son parecidos a los mapuches, por ejemplo la trutuka es muy parecida al erke andino. Hay una unión entre culturas muy distintas. Quiero aportar un granito de arena para que la Patagonia sea una de las patas de la identidad folklórica argentina.

-¿Por qué no se reconoció aún a la música patagónica?

- Quizás porque fuimos pocos los que salimos desde la Patagonia hacia todo el país. En mi caso particular, probé lo que es un sello multinacional (grabó “Cutral Co”, producido por Ricardo Iorio en 1998, y “Volver a ser uno”, con la colaboración de León Gieco, en 1999. Renunció a la firma cuando preparaba el tercer material) y no quiero volver a eso. Entendemos que lo nuestro tiene que ser un trabajo independiente, autogestionado,  con el sudor de cada día. Tenemos que salir al ruedo porque nadie va a venir hasta acá. El sello multinacional te dejaba los discos en las radios más importantes pero no en las radios comunitarias. ¡A ellas no les llega! Nosotros preferimos recorrer las radios, hablar en las escuelas, andar por los pueblos sin asfalto donde nadie llega. No hacemos un show con una gran puesta en escena ni con las mejores luces. Hacemos una producción acorde a nuestro mundo. No queremos correr ni buscar la fama. Nuestro objetivo es cantar el hombre por el hombre. El que no siente la vibración de la madre de la tierra se aleja de la dignidad.

-¿Cuándo empezaste a cantar?

- Desde siempre. Nací en un barrio de Comodoro Rivadavia, mi padre era petrolero. Vivíamos en un campamento de YPF, a 50km de la ciudad. Me crié ahí. Recuerdo la meseta recortada en el horizonte, la radio Phillips, el viento y los inviernos crudos. No podíamos salir a jugar y escuchábamos radio. Yo nací en el ‘56 y escuché Los Fronterizos, tarareaba canciones como “Río de los Pájaros”, de Aníbal Sampayo. Mi mamá cocinaba, le tocaba la falda y cantaba.

Fue a estudiar guitarra de adolescente y al segundo día ya no fue más. Aprendió de mirar a otros.  Estaba ansioso. Quería pisar un escenario y expresar el dolor de su gente, negada por la civilización occidental. En poco tiempo, conoció a  Marcelo Berbel, Milton Aguilar y Hugo Giménez Agüero, autores que lo precedieron y le enseñaron cómo cantar las vidas que habitan desde el río Colorado hasta Tierra del Fuego.

-No grabaste más de diez discos en tus cuarenta años de carrera. ¿Por qué?

- No fue un camino fácil. Cuando empecé a grabar mis primeros discos, firmaba contratos a ciegas y después se quedaban con mis derechos. No sólo hay que cantar a las leyendas de la Patagonia, a su historia trágica, ni a su paisaje lindo, sino a los problemas actuales, como el despojo de la tierra, la contaminación de las empresas o la lucha por el salario digno. Y quizás, lo más triste, es que no alcance: el canto, por ejemplo, no frena el negocio inmobiliario.

¿Hay algo que te quedó pendiente en tu carrera?

- Ser feliz. Disfrutar de una casa al lado del río, una pequeña huerta y un caballo para andar libre por el campo. Sueño también con hacer un audiovisual que, como el que hizo León Gieco, recorra desde Ushuaia hasta La Quiaca. Me gusta pensar en las huellas, al estilo de Atahualpa Yupanqui. Lo que hago en el escenario es lo que hago en el camino de la vida. Quiero darle un mensaje positivo a la gente. Sigo los pasos de aquellos que marcaron el camino. Ellos están acá. Y mientras haya soga, voy a seguir. 

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